Meditación para momentos de lluvia metafórica

Esta mañana ha amanecido lloviendo, apenas unas gotas. Hacía mucho que no me mojaba y, en lugar de taparme, me ha apetecido dejar que las gotas me calaran. La lluvia es molesta, sobre todo cuando intentas no mojarte, pero cuando la aceptas, te das cuenta de que no era tan grave eso que estabas evitando, que puedes soportarlo y, en el mejor de los casos hasta disfrutarlo. Uno de mis mejores recuerdos de viaje es duchándome bajo la lluvia en una barca -un klotok- en Borneo después de huir de un orangután, desde entonces hay quien me llama la hija de la lluvia por lo que llegué a correr sin casi darle tiempo a que me mojara. 

 

Esto venía a que con el miedo sucede algo parecido, a veces es más grande el sufrimiento por anticiparnos o evitar lo que tememos que el hecho en sí, no porque el hecho sea menos doloroso sino porque tratar de evitarlo añade un sufrimiento aún mayor. El antídoto entonces es una especie de confianza en que seremos capaces de atravesar la lluvia, de mojarnos y secarnos después. Ahora mismo está lloviendo fuera, metafóricamente, es un momento de incertidumbre, de dolor, de extrañeza que se va convirtiendo en normalidad, pero no durará siempre (porque nada lo hace). Tal vez podemos bajar el paraguas y confiar en que volveremos a estar secos mientras nos dejamos sentir lo que estamos viviendo. 

Ése fue uno de los aprendizajes más importantes que aportó el mindfulness a mi vida en un momento de mucho sufrimiento por el dolor de alguien querido: dejarme sentir lo que estaba evitando y bloqueando a toda costa. ¿Se me pasó todo? No, pero pasó mejor. Hubo una meditación que me ayudó mucho para acompañar ese momento, ésta tiene que ver con transformar el dolor en compasión en el sentido amoroso del término -no condescendiente-.

Puedes escucharla aquí cuando sientas que la necesites.