¿Qué hay de ti en lo que ves?

Hay gestos tan familiares que pasan a ser transparentes. Sólo cambios abruptos en la mecánica les permiten volver a tomar cuerpo, hacerse visibles. Tocarse la cara es, en mi caso, uno de ellos. Te acaricias, aflojas la presión de las mejillas y sigues con lo que estabas sin darte cuenta. 

Un día de hace cinco años, sin embargo, me di cuenta, me estaba tocando la cara y las yemas me devolvieron de pronto la imagen de un cutis rejuvenecido, una piel especialmente suave para la que no encontraba explicación alguna. Tocaba y me recreaba en el tacto mientras trataba de descubrir entre mis acciones más recientes la causante de un cambio tan evidente en la textura, como si de una piel nueva se tratara.  

En ese proceso recordé que la única crema que había utilizado últimamente, hacía apenas unos minutos, era una crema de manos: la información que recibía, ahora reblandecida y tierna, no se debía al rostro que tocaba sino a mis dedos. ¿Dónde residía la verdad, entonces? ¿Cuánta de la información acumulada hasta entonces a través del tacto era errónea? ¿Hasta qué punto puede deformar la realidad una huella dactilar deshidratada?

Quien habla de una huella habla del filtro con el que nos relacionamos con el mundo. Es una invitación muy liberadora observar cuáles son los nuestros para entender cuándo tenemos realmente la cara áspera o cuándo lo áspero son las yemas de los dedos

¿Cómo hacerlo?

Una aproximación radical es la que nos propone considerar todo lo que sucede como algo neutro, que simplemente es. Y, a partir de ahí, ver el resto como interpretación, la nuestra.

Especialmente interesante es ver patrones de interpretación que se repiten en nosotros, ir tomando poco a poco conciencia, por un lado, a través de la auto observación y por otro, contrastando nuestra interpretación con la de otros, por ejemplo ante una escena, una persona nueva o un libro. ¿Tú qué has visto? A veces la diferencia es tan radical que la respuesta sólo puede estar en la yema de nuestros dedos.

El texto lo publiqué hace cinco años en escribirastodoslosdias.com, cuando me sucedió. Los filtros aprendí a empezar a vérmelos tiempo después. Pero lo de la crema de manos me ha pasado muchas veces más desde entonces. Y con los filtros pasa algo parecido.
 

Te dejo una propuesta de escritura por si apetece seguir indagando:

Selecciona un área de tu vida, por ejemplo, el trabajo, la pareja/s, amistades o familia y revisa tu historia a la vez que la narras, ¿puedes detectar algún patrón que se haya repetido en el tiempo? ¿Puedes percibir una forma de ver las cosas que tiene mucho de ti y que si lo viviera o narrara otra persona o un narrador omnisciente, neutro, que no emite juicio sobre lo sucedido, sería bien diferente?

 

¿Para qué sirve esto?

Hay muchas formas de aprender a autoobservarnos y conocer mejor cómo nos explicamos el mundo, por qué y cómo nos condiciona.

¿Podría sustituir algún patrón que me esté haciendo daño, frenando, estresando o paralizando?

  • ¿Podría ayudarme a entender mejor las posiciones ajenas, a reducir la frustración, los malentendidos, a vivir con más paz?

  • ¿Podría ayudarme a verme de forma más amable, a sentirme mejor, a empoderarme y darme la confianza necesaria para llevar adelante lo que realmente quiero? 


Me encanta cuando, en los procesos de descubrimiento, desmontamos alguno de estos patrones, cuando salen a la luz y, de alguna forma, nos liberamos
. A través de la escritura, el coaching, el mindfulness o herramientas como el eneagrama -muy muy útil para esto cuando se trabaja bien con él-. Todas ellas nos ayudan a ir viendo cada vez una parte más amplia de nuestro propio puzzle y a vivir escogiendo más y reaccionando menos. 

 

PD: si hay algo sobre lo que te apetezca arrojar luz y empezar a hacer algo para cambiarlo, he abierto 20 sesiones de orientación gratuita para ayudarte a ver más claro de qué se trata y cuál podría ser tu siguiente paso. Puedes solicitarla en este enlace.