Diálogo interior ¿Cómo mejorarlo?

– ¿Estás bien?, dice una niña de casi 3 años después de caerse.

-Se ha dicho a sí misma “¿estás bien?”, pienso a la vez que abro los ojos más de lo normal.

-(yo misma me respondo) Sí, se ha preguntado cómo se encuentra después de caerse, que es exactamente lo mismo que le pregunta su madre de forma sistemática cuando se cae. Ha interiorizado ese mecanismo, pero no sólo hacia los demás sino hacia sí misma.

-Estoy impresionada. Me encanta. ¿Lo hago yo cuando me tropiezo?

-Bueno, a veces lo haces y otras veces pasas directamente a mirar si te ha visto alguien o a decirte que no te fijas lo suficiente, que estás en la parra… A veces también te ríes o culpas al Ayuntamiento. Depende mucho del humor.

-Ya veo… Me gusta más el “¿estás bien?”

-Y a mí, pero normalmente no te das ni cuenta, empiezas a hablar y a repetir frases que te dijeron antes: “hay que estar en lo que estás”, “es que no te fijas”… y de pronto te vas haciendo pequeña.

-¿Siempre así?

-No, cuando estás más consciente, te das cuenta de lo que te estás diciendo y, entonces, después de esa frase automática decides cambiar el discurso y, la verdad, te lo agradezco.

-Lo siento si a veces te hablo un poco mal, peor que a cualquiera, de hecho.

-“¡Soy bastante tía!”, dice ahora ella, que acaba de dar un salto enorme, teniendo en cuenta su tamaño.

-¿Qué se ha dicho ahora?

-“Soy bastante tía”, en su casa suelen usar la expresión “¡Qué tía!” o “¡Qué tío!” cuando alguien se supera (a veces también puede tener una connotación negativa, si se supera, por ejemplo, tirándose un pedo excesivo).

-¿Escribirías eso si alguien fuera a leerte?

-A ver, estamos emulando un diálogo interior, no podemos censurar la palabra pedo.

-Ya… el caso es que ella se ha reconocido el logro.

-Pues sí. Esto nos dice tres cosas: 1. te repites lo que te han repetido alguna vez 2. ojalá eligieras repetir lo mejor de todo lo que te dijeron 3. cuando tienes casi 3 años, el diálogo interior es también muy exterior.

-¿Y qué vas a hacer con eso ahora?

-Compartirlo. No es nuevo, pero no sobra y es algo que trabajamos en los procesos de coaching y en los talleres: tomar conciencia de cómo te hablas, de qué te estás diciendo. De alguna manera, hacer visible el diálogo interior, como lo hace ella, para poder intervenir y cambiar el discurso, para que eso que te dices te apoye. Luis Castellanos, filósofo, habla de las palabras que habitamos y de la importancia de escogerlas.

-¿No te has fijado que cuando cambias lo que te estás diciendo cambia tu humor, tu percepción de lo que sucede, tu sensación de bienestar?

-Totalmente. A veces me noto frunciendo el ceño a la vez que hago algo o caminando (de hecho, también se puede ver a otras personas haciéndolo por la calle).

-Es el diálogo interior exteriorizándose, poniendo caras. Si el diálogo interior te hace hasta gesticular de forma inconsciente, imagínate cómo te hace sentir por dentro.

-¿Y qué hago para cambiarlo?

-Escucharlo. Pillarlo in fraganti. Darte cuenta de que puedes observarlo desde fuera, que tú no eres ese diálogo sino la que lo acoge o, en este caso, la que lo transcribe en este texto.

-Ajá…

Proponte darle al pause 3 veces al día, por ejemplo. Parar, en cualquier circunstancia y darte cuenta de qué estabas hablando por dentro, qué estabas pensando. 

-Podría hacerlo también cuando note que estoy frunciendo el ceño o después de caerme, de que se me rompa un vaso o de cualquier otro contratiempo, después de una decepción o de una alegría.

-Sí, está bien. Fíjate entonces en qué palabras vienen. ¿Entre qué palabras flotas o respiras ahí dentro? Elígelas bien olientes, frescas, compasivas, con alta salinidad para que te ayuden a mantenerte a flote o de agua dulce si prefieres poder casi bebértelas mientras nadas. 

-¿Y qué hago con las otras?

Abre la ventana para dejar ir las que ya no te sirven, no te ayudan, no te apoyan, te incomodan, te hablan de imperfección permanente, de expectativas incumplidas, te comparan o te invitan a ocultarte. 

-¿Y si no se me ocurre nada fresco que decirme? 

-Ante la duda, siempre puedes recurrir a estas cuatro: “Todo está bien contigo”. No pasa nada por repetirlas, pero sobre todo, intenta sentirlas cuando te las digas, para creértelas cada vez más.

-Vale y para cuando me venga arriba: “¡Qué tía soy!”.

-Hecho.

-Sabes que no será de la noche a la mañana, ¿no?

-Sí, ya lo sé. No pasa nada. Todo es un avance.

-¿Estás bien?

-Sí, gracias por preguntar. 

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PD: Si hay algo que quieras cambiar o sobre lo que te gustaría ver más claro, puedes pedir una sesión de orientación gratuita en la que nos conocemos y analizamos cuál podría ser tu siguiente paso.

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