¿Qué hay de ti en lo que ves?

Hay gestos tan familiares que pasan a ser transparentes. Sólo cambios abruptos en la mecánica les permiten volver a tomar cuerpo, hacerse visibles. Tocarse la cara es, en mi caso, uno de ellos. Te acaricias, aflojas la presión de las mejillas y sigues con lo que estabas sin darte cuenta. 

Un día de hace cinco años, sin embargo, me di cuenta, me estaba tocando la cara y las yemas me devolvieron de pronto la imagen de un cutis rejuvenecido, una piel especialmente suave para la que no encontraba explicación alguna. Tocaba y me recreaba en el tacto mientras trataba de descubrir entre mis acciones más recientes la causante de un cambio tan evidente en la textura, como si de una piel nueva se tratara.  

En ese proceso recordé que la única crema que había utilizado últimamente, hacía apenas unos minutos, era una crema de manos: la información que recibía, ahora reblandecida y tierna, no se debía al rostro que tocaba sino a mis dedos. ¿Dónde residía la verdad, entonces? ¿Cuánta de la información acumulada hasta entonces a través del tacto era errónea? ¿Hasta qué punto puede deformar la realidad una huella dactilar deshidratada?

Quien habla de una huella habla del filtro con el que nos relacionamos con el mundo. Es una invitación muy liberadora observar cuáles son los nuestros para entender cuándo tenemos realmente la cara áspera o cuándo lo áspero son las yemas de los dedos

¿Cómo hacerlo?

Una aproximación radical es la que nos propone considerar todo lo que sucede como algo neutro, que simplemente es. Y, a partir de ahí, ver el resto como interpretación, la nuestra.

Especialmente interesante es ver patrones de interpretación que se repiten en nosotros, ir tomando poco a poco conciencia, por un lado, a través de la auto observación y por otro, contrastando nuestra interpretación con la de otros, por ejemplo ante una escena, una persona nueva o un libro. ¿Tú qué has visto? A veces la diferencia es tan radical que la respuesta sólo puede estar en la yema de nuestros dedos.

El texto lo publiqué hace cinco años en escribirastodoslosdias.com, cuando me sucedió. Los filtros aprendí a empezar a vérmelos tiempo después. Pero lo de la crema de manos me ha pasado muchas veces más desde entonces. Y con los filtros pasa algo parecido.
 

Te dejo una propuesta de escritura por si apetece seguir indagando:

Selecciona un área de tu vida, por ejemplo, el trabajo, la pareja/s, amistades o familia y revisa tu historia a la vez que la narras, ¿puedes detectar algún patrón que se haya repetido en el tiempo? ¿Puedes percibir una forma de ver las cosas que tiene mucho de ti y que si lo viviera o narrara otra persona o un narrador omnisciente, neutro, que no emite juicio sobre lo sucedido, sería bien diferente?

 

¿Para qué sirve esto?

Hay muchas formas de aprender a autoobservarnos y conocer mejor cómo nos explicamos el mundo, por qué y cómo nos condiciona.

¿Podría sustituir algún patrón que me esté haciendo daño, frenando, estresando o paralizando?

  • ¿Podría ayudarme a entender mejor las posiciones ajenas, a reducir la frustración, los malentendidos, a vivir con más paz?

  • ¿Podría ayudarme a verme de forma más amable, a sentirme mejor, a empoderarme y darme la confianza necesaria para llevar adelante lo que realmente quiero? 


Me encanta cuando, en los procesos de descubrimiento, desmontamos alguno de estos patrones, cuando salen a la luz y, de alguna forma, nos liberamos
. A través de la escritura, el coaching, el mindfulness o herramientas como el eneagrama -muy muy útil para esto cuando se trabaja bien con él-. Todas ellas nos ayudan a ir viendo cada vez una parte más amplia de nuestro propio puzzle y a vivir escogiendo más y reaccionando menos. 

 

PD: si hay algo sobre lo que te apetezca arrojar luz y empezar a hacer algo para cambiarlo, he abierto 20 sesiones de orientación gratuita para ayudarte a ver más claro de qué se trata y cuál podría ser tu siguiente paso. Puedes solicitarla en este enlace.

Meditación para momentos de lluvia metafórica

Esta mañana ha amanecido lloviendo, apenas unas gotas. Hacía mucho que no me mojaba y, en lugar de taparme, me ha apetecido dejar que las gotas me calaran. La lluvia es molesta, sobre todo cuando intentas no mojarte, pero cuando la aceptas, te das cuenta de que no era tan grave eso que estabas evitando, que puedes soportarlo y, en el mejor de los casos hasta disfrutarlo. Uno de mis mejores recuerdos de viaje es duchándome bajo la lluvia en una barca -un klotok- en Borneo después de huir de un orangután, desde entonces hay quien me llama la hija de la lluvia por lo que llegué a correr sin casi darle tiempo a que me mojara. 

 

Esto venía a que con el miedo sucede algo parecido, a veces es más grande el sufrimiento por anticiparnos o evitar lo que tememos que el hecho en sí, no porque el hecho sea menos doloroso sino porque tratar de evitarlo añade un sufrimiento aún mayor. El antídoto entonces es una especie de confianza en que seremos capaces de atravesar la lluvia, de mojarnos y secarnos después. Ahora mismo está lloviendo fuera, metafóricamente, es un momento de incertidumbre, de dolor, de extrañeza que se va convirtiendo en normalidad, pero no durará siempre (porque nada lo hace). Tal vez podemos bajar el paraguas y confiar en que volveremos a estar secos mientras nos dejamos sentir lo que estamos viviendo. 

Ése fue uno de los aprendizajes más importantes que aportó el mindfulness a mi vida en un momento de mucho sufrimiento por el dolor de alguien querido: dejarme sentir lo que estaba evitando y bloqueando a toda costa. ¿Se me pasó todo? No, pero pasó mejor. Hubo una meditación que me ayudó mucho para acompañar ese momento, ésta tiene que ver con transformar el dolor en compasión en el sentido amoroso del término -no condescendiente-.

Puedes escucharla aquí cuando sientas que la necesites.

¿Dónde encontrar respuestas?

Hace unos días, M. (8 años) estaba escribiendo su carta a los reyes magos. Llevaba varias líneas y sólo aparecían Beyblades (una especie de peonza híper evolucionada con mil modelos distintos). Por aquello de introducir algo de variedad, le sugerí que cerrara los ojos y pensara por un momento: “si pudieras pedir lo que quisieras, ¿qué sería?” Después de unos segundos me dijo: “¡pues tener las respuestas a todas las preguntas!” ¿Qué más se podía pedir?

 

Es de esas frases que necesitas anotar mentalmente y darles salida en algún sitio porque detonan miles de pensamientos asociados (y aquí un espacio para que cada uno/a se vaya por sus ramas ______________________ -> esto mismo ya puede ser una propuesta de escritura, vete por las ramas a partir de esta primera frase, pero, si sigues, hay más).

 

Ahora escojo uno de esos pensamientos y lo desarrollo: realmente hay momentos de oscuridad o más bien niebla profunda en la que cuesta mucho ver claro y hay preguntas a las que parece imposible encontrarles una respuesta. Digamos que hay algunas que ya son así por naturaleza, pero hay otras que no. Por ejemplo: ¿qué es lo que me está angustiando en este momento? ¿Qué me aporta esta relación? ¿Hacia dónde podría tirar para hacer algo que me llene? ¿Realmente esta idea me lleva a alguna parte, qué sentido tiene este proyecto en el que me empeño?

 

Por momentos cuesta ver la respuesta, pero es accesible y hay mecanismos para disolver la niebla (o el vaho de las gafas) y ver más claro. Uno de ellos es aprender a observar con más detenimiento qué está pasando por dentro. Y aquí aparece el triángulo más redondo que conozco, con tres vértices: emoción – sensación – pensamiento, que se retroalimentan. 

¿Qué es esto en la práctica?

La escena es la siguiente: vas por la calle, te cruzas con alguien y unos pasos más allá sientes malestar de estómago. ¿Qué relación hay entre estos dos hechos? Tenemos el vértice sensación resuelto, sientes un dolor en el abdomen, ahora toca ir a los otros dos vértices: ¿qué pensamientos ha generado en mí ese cruce? Empiezas a rebuscar entre la montaña de pensamientos que se han generado desde que os habéis cruzado, vas hacia atrás, tomas consciencia: sí, es eso, te ha recordado a alguien a quien admiras y, a continuación, te has dicho: nunca seré como esa persona. Tercer vértice: ¿Qué emociones me ha provocado? ¿Desazón? ¿Lástima? 

 

¿Qué relación hay entre las tres puntas del triángulo? ¿Qué información te dan? Y, una vez que la tienes, ¿qué puedes hacer con esa información? 

 

En este caso, ¿podrías escoger algún pensamiento alternativo? ¿Podrías decirte algo así como: no hace falta que seas como esa persona para sentirte bien o, a lo mejor, no eres tan diferente y por eso eres capaz de ver en ella todo lo bueno que tiene? O plantearte una nueva pregunta: ¿qué es lo que admiras y qué sí que podrías hacer para acercarte a eso que te gustaría incorporar a tu vida? -y ahí tienes información muy útil si quieres cambiar algo, personal o profesionalmente-. O bien, si no tienes ganas de darle muchas vueltas: “en realidad no se parecía tanto…, cambia de tema”. Lo que está claro es que el pensamiento que escojas tendrá un efecto en la emoción y en la sensación. 

 

Pero el triángulo puede abordarse desde cualquier punta, a veces sí que eres muy consciente de lo que estás pensando, de hecho, te estás regodeando en una idea en la que te envuelves como una manta. Vale, páralo por un momento. ¿Qué estás sintiendo? Y ¿qué sensaciones físicas acompañan a todo esto? 

 

También puedes empezar por la emoción: de pronto me siento alegre o triste o siento rabia y todavía no soy consciente de qué lo ha provocado. Voy al cuerpo para dejarme sentir la emoción, habitarla para dejarla pasar, pero también voy al pensamiento: ¿principales sospechosos de ser el detonante de esto? Y ahí empiezas a indagar nuevamente y a conocer cada vez mejor las líneas invisibles que los unen y la información que te dan como incógnitas resueltas de una ecuación. 

 

¿Cómo lo hago? Una propuesta

En ese escucharse y rebuscar para tiene un papel fundamental, por un lado, aprender a bajar al cuerpo para saber qué sientes y qué sensaciones te habitan y, por otro, aprender a observar los pensamientos. Puedes hacerlo con la ayuda de la meditación y también de la escritura para los que necesitamos agarrarnos a algo para ir más adentro. Es algo que puedes practicar varias veces al día y, a medida que lo vayas haciendo, te resultará cada vez más fácil obtener información y respuestas sobre qué es lo que te mueve, lo que te inquieta, sobre cuál sería el camino que más disfrutarías tomar.   

 

La propuesta para hoy es que hagas ese ejercicio conscientemente tres veces al día:

  1. puedes sentarte, tomar tres respiraciones profundas y empezar a preguntarte qué sensaciones tienes a la vez que haces un recorrido por todo tu cuerpo.
  2. A continuación, te paras a observar qué estás pensando, sin juzgar, simplemente te sientas a mirar la película o, más bien el videoclip (porque es muy rápido el salto entre pensamientos, a lo mejor no llega ni a videoclip, es el feed de twitter…) que se va sucediendo en tu mente.
  3. Y, de ahí, pasas a la emoción, ¿qué dirías que estás sintiendo? Vuelves a respirar profundamente tres veces y regresas al mundo exterior, pero normalmente como una persona renovada. 

 

¿Cuándo hacerlo?

Puedes establecer un momento fijo al día para hacerlo pero te recomiendo usarlo también si, por ejemplo, de pronto te abruma un pensamiento o algo te enfada mucho. Este ejercicio te ayuda a volver a ese presente donde habita la calma y a regresar a todo con una distancia sanadora. A medida que practicas la autoobservación te resulta más fácil conectar con lo que quieres y con las respuestas que buscas

 

Si no te ves sentándote a hacer esto con los ojos cerrados, hazlo con papel y lápiz. El único objetivo es recorrer los tres vértices y verbalizar qué está sucediendo en cada punta: pensamiento, sensación, emoción. Como si fueras el encargado de dejar constancia de lo que te habitó por un momento. Cuéntame en los comentarios si te animas a hacerlo o si tienes otras técnicas para encontrar respuestas. Se las contaré a M. 😉

Y, si esto no funciona, siempre se puede añadir a la carta que, por favor, te traigan visión de gato. 

¿De dónde proviene mi insatisfacción?

Es muy habitual que nuestra insatisfacción -la que no deriva de no tener las necesidades básicas cubiertas- provenga de no estar respetando lo que para nosotros es importante. Y también que el no respetarlo venga de no saber realmente lo que para nosotros es importante. Libertad, seguridad, amor, paz, excelencia, respeto… ¿En qué orden estaríamos dispuestos a renunciar a cada uno de estos valores? ¿Podemos vivir en coherencia con ese orden en nuestro día a día? 

 

La primera persona que me propuso hacer una lista de valores y prioridades fue mi padre, en uno de esos momentos de insatisfacción laboral en los que no estaba bien pero no tenía ni idea de por dónde tirar. Le tuve que pedir que me repitiera varias veces cuál era la diferencia exactamente entre unos y otros hasta asimilarlo e hice la lista, pero en ese momento creo que no acabé de sacarle todo el partido posible y volví a ella muchas veces después. 

 

Básicamente se trataba de saber qué era lo verdaderamente importante para mí, para estar bien, cómo necesitaba vivir para estar a gusto, de acuerdo a qué valores esenciales: ¿libertad, respeto, creatividad, pasión, aprendizaje …? Una vez listados, la gracia era detectar cuáles de esos valores fundamentales para mí no tenían un espacio en mi vida, incluso en contra de cuáles estaba yendo. No fue fácil, porque, como todos, me hubiera quedado con todos, pero no todos son igual de importantes para uno. Ordenarlos es otro reto. 

 

Muchos años después, conocí los estudios de Simon L. Dolan, catedrático de ESADE, que ha ahondado en esta cuestión e incluso ha desarrollado un juego para ayudarnos a detectar nuestros valores, una metodología que utilizo con adaptaciones en los procesos de coaching, tanto personales como de equipo. Estar desalineado con estos valores genera estrés y mucha insatisfacción. De hecho, cuando estás insatisfecho, ya sea profesional o personalmente, y no sabes por dónde tirar es uno de los primeros lugares a los que mirar.

 

Cuando sabes qué es importante para ti, puedes empezar a tomar acciones alineadas con eso, por ejemplo, buscar trabajos que encajen con ello o proyectos complementarios a tu trabajo “alimenticio” que te ayuden a ponerlos en práctica. La gracia es cómo saber qué es de verdad importante para ti y qué puntos de conflicto existen, ahí entra el proceso de escucharse y hacerlo de formas que te revelen más información de la que tendrías si te pusieras a hacer la lista sin más. Escritura, coaching, mindfulness… se complementan para ayudarte a conocerte mejor. 

 

Algunos ejemplos muy sencillos para bajar a tierra de qué forma podrían estar en conflicto con tus valores en el ámbito laboral: 

 

Aunque en la infancia oyeras el mensaje de que lo importante es tener un trabajo que luzca y lo consigas, si para ti es más importante la libertad que el estatus, una vez que tengas ese trabajo, si te priva de la libertad que necesitas, seguirás sintiendo que te falta algo porque eso no era para ti lo importante. 

 

Si para ti es más importante la seguridad que la libertad, preferirás trabajar o vivir en un entorno de normas claras y chocolate espeso. Pero si no lo sabes o no lo escuchas, puede que te sientas inestable o ansioso sin tener claro de dónde viene. 

 

Si para ti la armonía es más importante que la realización profesional, preferirás estar en entornos de paz y cordialidad a estar en un entorno hostil pero donde haces exactamente lo que te gusta. Y lo mismo, al revés, si tu orden es el contrario. Por eso aunque alguien te diga: ¿de qué te quejas si tu trabajo es exactamente lo que querías? Tu puedes sentirte totalmente amargado porque el ambiente laboral es todo lo contrario a armónico. 

 

¿Y las prioridades? Sí, esa lista también es importante. ¿Qué prioridades tengo en este momento? Y la parte final es clave: “en este momento”. Familia, profesión, estabilidad económica, mi expresión creativa… Está bien saberlo también para dejar de fustigarse por no poder atender a todo al mismo nivel. Siempre estamos priorizando, pero estas prioridades pueden cambiar y volver a cambiar y, si no somos conscientes de cuál es el orden ahora, la presión por llegar a todo a nivel de 10 puede ser muy asfixiante. 

 

A veces basta con ponerle una fecha a ese orden, durante un año mi prioridad será la estabilidad económica pero, una vez la consiga, volveré a priorizar dedicarle tiempo a expresarme creativamente. O bien, ahora necesito focalizarme en mi profesión, no dejo de querer a mi familia, pero sé que tendré que hacer esfuerzos extraordinarios en ese sentido, pues si es lo que quieres, una vez que lo aceptas, se reduce la culpa a la mitad. 

 

Y lo mismo si lo que te apetece ahora es priorizar estar con tu familia y la priorizas a la intensidad profesional. Importante: no estoy hablando aquí de que todo te empuje a ello porque la conciliación no exista, que es algo muy diferente, sino de elección. Si todo te empuja a ello, justamente no estás bien porque estás teniendo que renunciar a algo que para ti es importante. 

 

Una propuesta para trabajar con todo esto:

1. Prueba a hacer tu lista de valores. Una lista de 10 en la que los ordenes de más a menos importancia, es decir, si tuvieras que renunciar uno a uno a cada uno de ellos, ¿cuál sería el último en caer?

Esto ya es interesante, pero, si quieres ir más allá, invita a cada miembro de tu familia (las listas de los hijos e hijas son alucinantes) o a cada compañero de piso a hacer su lista para encontrar luego los valores en común para esa casa (es equiparable a un equipo de trabajo). Los debates que se generan en torno a qué significa cada valor para cada uno también son muy interesantes.

2. Intenta detectar si están presentes en tu día a día y cómo. Si hay alguno que falla, ¿de qué se trata? ¿Qué valores que para ti son importantes no tienen espacio en tu vida en este momento?

3. Una vez que lo detectes escribe ¿qué podrías empezar a hacer para poner en acción tus valores, para vivir más alineada/o con ellos? No hace falta que sean acciones dignas de entrar en los objetivos del milenio, como decía el Capità Enciam (un súper héroe de la ecología de nuestra infancia): “los pequeños cambios son poderosos”.

 

Una vez que pones orden a esas dos listas, la de valores y prioridades, es mucho más fácil tomar decisiones y detectar también de dónde proviene tu insatisfacción en algunas áreas de tu vida.

¿Es inaceptable la insatisfacción? No, tampoco, pero ¿a quién le amarga un dulce? Si puedes estar mejor gracias a conocerte mejor y respetar tu naturaleza, igual que respetarías la de una planta que necesita más luz o menos, o más agua o menos, en lugar de forzarla a ser quien no es, las posibilidades de marchitarte se reducen también. Y ahí vamos, a intentar vivir floridos en la medida de lo posible, sin forzar, justamente sin forzar, porque las flores no fuerzan, sólo son lo que son y ahí está la gracia. 

 

En los procesos de coaching o en los talleres, después de haber conectado con tu utopía, con tu visión de lo que para ti sería el paraíso en la tierra -algo muy placentero y recomendable-, pasamos a este trabajo con valores y es una de las partes más reveladoras, tanto en los procesos personales como en los de equipo. 

 

Si te apetece conocerte mejor y darle espacio en tu vida a lo que para ti es importante, puedo acompañarte en un proceso de coaching que te ayudará a saber qué quieres y cómo empezar a conseguirlo.  

Contacta o pide una sesión de valoración gratuita aquí

Seis propuestas de escritura para escucharte

Esto es lo que encontrarás en el vídeo con 6 propuestas para escucharte y vivir de forma más consciente y serena, sabiendo lo que quieres en este momento:

2 propuestas de escritura para vivir el presente

  • Las páginas de la mañana
  • y la crónica

 

2 propuestas para abrazar el pasado

  • Reescribe tu historia
  • y la carta

 

2 propuestas para descubrir y diseñar tu futuro

  • Un viaje al futuro sin spoilers pero con utopía
  • y tu yo sabio

 

 

Si hay algo que te gustaría mejorar en tu vida o sobre lo que te gustaría ver más claro, puedes pedir una sesión de valoración gratuita para conocernos y orientarte sobre cuál podría ser tu siguiente paso.

 

Un abrazo,

Natalia

Pide aquí tu sesión de orientación gratuita

La vida o el calcetín a medias

 

 

La sensación de estar viviendo una vida con la que no acabas de encajar es, cuanto menos, desagradable. Algo así como caminar con un calcetín que se te ha bajado hasta debajo del talón por dentro de la bota. Te has dado cuenta, no estás cómoda, pero no te vas a parar en medio de la calle a descalzarte y estirarte el calcetín hacia arriba para que esté justo donde quieres que esté y te deje de rozar el zapato… Eso piensas, que no puedes pararte. 

Lo de que no está bien descalzarse en medio de la calle es una creencia como otra cualquiera, yo no la critico. De hecho, la compartí durante un tiempo. A lo mejor nos lo dijo un adulto cuando un día nos descalzamos en medio de la calle justo por el mismo problema. “No te descalces ahora, hace frío, el suelo está sucio, tenemos prisa, aguanta un poco hasta llegar a casa”.

 

Está bien, pero qué pasaría si de pronto dijeras: “Ya sé que no es cuestión de vida o muerte, pero ¿de verdad que no puedo ponerme bien el calcetín, que me está amargando todo el camino y que hará que acabe con una herida en esa parte del pie en la que siempre se hacen las heridas provocadas por zapatos que anteponen todo a que estemos bien?” Es más, podrías enfatizar esta pregunta pronunciado a continuación una expresión popular como: “¿qué me estás contando?”. 

 

Pues lo mismo con la vida. Cuando sientes que la vida que estás viviendo no encaja contigo, porque te falta algo pero no sabes qué es, porque hay una incoherencia con lo que de verdad te importa, con quien eres, con tus valores y prioridades. Cuando sientes que vives a medias o desconectada porque que hay algo más pero no sabes qué es, quizás te gustaría estar dedicándote a otra cosa, o sacas tiempo para hacer lo que tienes que hacer pero no lo que quieres hacer, porque eso es opcional y quién sabe si hasta un capricho egoísta… es como cuando no te das el permiso de pararte en medio de la calle a ponerte bien el calcetín. Y lo malo es que también esto acaba haciendo herida.

 

¿Cómo subirnos la vida hasta arriba para que no nos roce? Ahora es cuando viene la decepción, porque a pesar de un texto con un tono tan vehemente que ni me reconozco pero que se me ha pegado de ver a un famoso estupendo, al que seguro que no se le bajan los calcetines, hablando sobre todo el potencial que llevamos dentro: no sé la respuesta en su totalidad. 

Lo que sé es que, con el calcetín:

  • si te paras es más fácil 
  • si te sientas, también
  • si te das unos minutos, más aún
  • si empiezas a cuestionarte que realmente sea importante lo que un desconocido que pasa por ahí piense de tu pie descalzo, diez puntos más
  • si eliges que no es ni medio normal llevar el calcetín por debajo del talón y ni siquiera plantearse que lo que un día creíste puede ser desterrado y sustituido por algo nuevo, vas muy bien
  • si encuentras la motivación suficiente para todo ello, diría que casi lo tienes

 

¿Pero no estábamos hablando de la vida? Aplica lo mismo, quizás podríamos invertir el orden:

  1. encuentra una motivación que te ayude a plantearte qué quieres cambiar y porqué. ¿Cuántos motivos habría para que cambiaras algo en tu vida? ¿Qué mejoraría? ¿En qué ganarías tú y tu entorno? ¿Cómo te sentirías?
  2. cuestiónate todas esas frases que un día oíste y que te dicen que lo normal es vivir a medias, al menos hasta llegar a casa (puede que esas frases estén al mismo nivel de “es necesario esperar dos horas para bañarte tras ingerir un trozo de melón en la playa”)
  3. muy fácil decir el punto 2, pero ¿cómo se hace? Escribe todo lo que crees que justifica que te sientas viviendo a medias. Por ejemplo: ¿acaso hay otra forma de vivir? ¿tú qué te crees, que yo he sido feliz? Nadie se siente pleno si tiene que trabajar para ganarse el pan. Es más importante todo lo que necesiten los demás que lo que tú necesites, eso, definitivamente, no es importante y puede quedar relegado a ese momento en el que ya no queda tiempo. No sé, por empezar sólo con algunas. Seguro que, si te pones, te saldrán unas cuantas.
  4. vale, ¿y qué hago con esto? Primero piensa si hay alguna creencia alternativa que pudiera sustituirlas. Alguna creencia que te ayudara a vivir más a gusto, más alineada con lo que sientes que eres y quieres ser y que, además, se haya demostrado cierta en algunos casos. Busca hechos que la avalen, igual que buscarías testimonios de gente que se bañó a los 5 minutos de comerse un trozo de melón y sigue, sorprendentemente, entre nosotros. Te doy una para que la pruebes como antídoto: “mereces vivir una vida plena, alineada con quien eres, con lo que para ti es importante, disfrutando y entregando lo que más te enciende”. ¿Cómo encontrar hechos que avalen esta afirmación? ¿Sería válida para ti, por ejemplo, si se la dijeras a alguien a quien quieres de verdad, para quien quieres lo mejor, como una hija o un hijo?
  5. En este punto es cuando decides que te paras, que te paras a ponerte bien el calcetín. Entonces escuchas qué es lo que de verdad quieres de la vida, lo que de verdad te apetece sacar de dentro de ti. Lo que te encantaría compartir con el mundo. ¿Cómo sería un día en una vida vivida plenamente?
  6. Con lo que descubres, empiezas a actuar. Empiezas a cambiar cosas, pequeñas al principio, como subirte el calcetín cuando se te baja en medio de la calle. Pequeñas cosas como dedicarte un rato para tomarte un café a solas mientras escribes o fijar una cita semanal (aunque sea virtual) para reírte con quien más te hace reír, o encontrar el momento para hacer eso que te encanta y hasta se te da bien, aunque nadie te pague por ello (al menos por ahora), o hacer un curso relacionado con lo que siempre quisiste hacer, o meditar o empezar un diario de gratitud, que te ayude a ver también lo que sí encaja, lo que vale la pena valorar porque también eso supone un cambio enorme.
  7. En definitiva, darte lo que necesitas como le darías agua a una planta o sol o sombra, dependiendo del tipo. Estas acciones derivan en cambios cada vez más grandes, más relevantes, porque te van acercando a una vida donde escoges de forma más consciente lo que quieres. Puedes incluso visualizar a menudo cómo es esa vida que te imaginas plena y ver cómo, progresivamente, a base de pararte y estirar hacia arriba, te vas acercando a tu utopía.

Empiezas a caminar a gusto sobre tus pies cubiertos por ese tejido que está en su sitio, que se siente en su sitio y tú también empiezas a sentir que lo estás.

Zonas de genio

 

Tu zona de genio es una expresión que me encanta. Transmite mucha confianza: hay un lugar en el que eres un genio, tal vez en la baldosa de al lado pases a la normalidad, pero en ese espacio estás en tu salsa, todo se vuelve más fácil, el tiempo más rápido y a la vez más denso, de la densidad de un chocolate a la taza, disfrutable.

Hay lugares de genio para todos. Lugares que pueden ser muy precisos, muy únicos, combinación de los ingredientes que te configuran también a ti: los que venían de fábrica, los que se incorporaron con tu historia, los que aprendiste. Y, a parte de hacerte sentir cómodo, ese lugar sirve para entregarle a otro algo que a ti no te costó pero que a él se le hace un mundo. Y eso puede hacerte sentir muy útil y a la vez, por qué no, un poco genio, por un rato, por unas baldosas al menos.

 

¿Cómo localizar esas baldosas?

Localizar esos lugares a veces está muy claro, lo llevas sabiendo desde niño, te lo llevan diciendo toda la vida. Para otras habilidades puede que no sea tan obvio, pero suele ser cuestión de escucharse, de darse cuenta de en qué momentos el tiempo fluye y nos llenamos de energía, frente a otros en los que nos inunda una pereza titánica al abordar una tarea. Y también es cuestión de escuchar a otros, de aceptar que nos digan qué bien se nos da algo, de creerlo, de pensar en cómo les estamos siendo de ayuda.

Si estás buscando esa zona de genio, eso que puedes aportar al mundo, eso en lo que puedes llenarte de energía incorporándolo a tu vida, piensa en algo en lo que seas muy bueno, con lo que disfrutes. Algo para lo que te piden ayuda, algo que los demás agradecen que hagas por ellos sin que te cueste demasiado esfuerzo. Y luego ponte a bailar como si te hubiera entrado la fiebre del sábado noche (no en la acepción que nos viene a la mente a los que tenemos hijos, en la otra, la de la foto).

¿Cómo encontrar las palabras para comunicar tu proyecto?

Hay muchas respuestas posibles a esa pregunta, pero ésta es una de las que más me gusta: comunica lo que haces en coherencia con quién eres. O, dicho de otra forma, más radical, más poética: comunica desde la entraña ¿A qué te refieres? A transmitir quién eres con autenticidad, conectado con tu esencia, con el alma de tu proyecto. ¿Tienen alma los proyectos? Sí la tienen. Tienen semilla, un origen, un porqué que fue el que les hizo nacer. No siempre es evidente pero ahí está, es una creación y toda creación nace de una semilla, que pasa por diversas fases, algunas de vuelo, hasta que toma tierra, se aposenta y la dejas crecer.

 

Quien dice una semilla dice un huevo. Cosas pequeñas que, sin embargo, representan todo lo que puede ser. Por decirlo de otra forma, más llamativa, histriónica: el potencial, hecho objeto, es un huevo. Y lo que hay dentro del huevo es el alma del proyecto.

 

De cómo comuniquemos nuestro proyecto dependerá también su propio potencial. Necesita palabras para llegar a otros, para tomar forma, para definirse, para coger fuerza, sentido y dirección. Para crecer hacia la luz o al calor (semilla o huevo).

 

La sexta pregunta

Esas palabras pueden explicar qué hacemos, cómo lo hacemos, a quién nos dirigimos, dónde encontrarnos y hasta cuándo. Son las 5 preguntas a las que debe responder también cualquier noticia en su primer párrafo. Hay una sexta, el porqué, a la que no siempre se puede responder con la urgencia informativa, y, sin embargo, en comunicación es clave. El porqué es el que conecta al creador con el receptor del servicio, de la obra, de la pieza.

 

Encontrar y definir el porqué, ponerlo en palabras, no siempre es fácil. Requiere de un proceso de indagación y de trabajo con un lenguaje que encaje a la perfección con quién eres y lo que quieres. Para ello, la historia que te ha traído hasta aquí suele ser un buen lugar en el que buscar, para unir los puntos, como explicaba Steve Jobs en su charla en Stanford.

 

Es un trabajo sorprendente, revelador a veces. Me viene a la mente una frase al respecto que tuve a mano durante mucho tiempo, invitándome a la acción:

 

“Más que pensar mucho mi camino, he hecho cosas y he descubierto qué era y quién era después de hacerlas”. Es de un libro lleno de hallazgos, de Ray Bradbury, en el que habla sobre todo de la escritura pero de la escritura como parte de una vida, tal vez también de su porqué –Zen en el arte de escribir-.

 

El caso es que en esa revisión de lo hecho y de lo no hecho, hay información valiosa para conectar con nuestros porqués y los de nuestros proyectos, con aquello que queremos y podemos aportar al otro.

 

Poder comunicarlo, transformarlo en un mensaje efectivo y auténtico será clave para que el mensaje emocione y lleve a la acción también al que está al otro lado. Para que el círculo se cierre y lo que tú creaste llegue al receptor que lo estaba esperando, aunque no lo sabía hasta que encontraste las palabras.

Si sientes que necesitas palabras para definir tu proyecto, explicarlo de forma efectiva, con un mensaje coherente y que conecte con aquellos a los que quieres llegar, me encantará conocerlo y acompañarte a encontrarlas.

 

Puedes escribirme aquí si quieres explicarme tu proyecto y que veamos cómo te puedo ayudar

 

En el enlace a continuación puedes leer más sobre cómo trabajaremos para encontrar las palabras para tu proyecto

Comunicar qué hago y quién soy

Escritura y mindfulness

Hace mucho mucho tiempo, antes de ser madre (que es un poco como el A. C.) escribí un texto en el que hablaba de ese “estar sin más” que facilita la escritura. 

 

De hecho, después de haber ahondado en la teoría del estar presente, del mindfulness y la meditación, vienen a mi mente algunos otros textos en los que captaba justamente esa sensación. Algo que intuimos, que sentimos antes de que la teoría lo ratifique.

 

Es ese instante que la poesía congela, o una fotografía, o un retrato, ese instante en el que nos detenemos y regodeamos, en el que nos damos cuenta de lo que está sucediendo porque estamos en él, conviviendo con algún pensamiento que cruza pero no inundados en él hasta el punto de no recordar por qué camino hemos llegado a un lugar conocido. 

 

No recuerdo todos mis textos pero estos sí, no por el texto en sí sino por la sensación que fue su detonante. Esa sensación de darme cuenta, de constatar mi propia presencia. Los recopilo al final del artículo como una invitación a mirar por esa brecha, a la que en realidad es fácil acceder cuando le das permiso a la sencillez, a la monotarea, a mirar, escuchar, escribir, pintar o estar sin más.

 

Ejercicio de escritura para practicar la presencia

Para que puedas practicar tú también la presencia a través de la escritura, te propongo un ejercicio inspirado por la búsqueda de estos textos y el blog que aún los guardaba. Fue mi primer blog y en él escribí un diario brevísimo de una oliva negra. Y de eso va el ejercicio. Hay muchas maneras de estar presente a través de la escritura pero ésta invita a estar presente poniéndose en la piel de un observador externo y tangible. 

 

La primera vez que lo hice fue, en realidad, con un huevo. Fue en uno de los primeros talleres de escritura a los que asistía. Nos pidieron que lleváramos durante una semana un huevo encima y escribiéramos su diario. Fue muy divertido, pero debo reconocer que también un poco aparatoso, así que para repetir el ejercicio un tiempo después transformé el objeto en una oliva negra. También redondo, también con un punto de fragilidad, también nueva en esto de tener ojos. 

 

Te invito, si te apetece probar lo de mirar desde otros ojos y tener el reto de estar más presente (y a la vez reírte de lo extraño de la situación), a que cojas una oliva, un pistacho o cualquier objeto susceptible de ser digerido, con forma elíptica, que lo lleves contigo durante una semana y que cada día escribas su diario. Para ello, durante el día, recordarás su presencia, que está contigo y que es importante darse cuenta de qué está viviendo para poder narrarlo en su diario, con los detalles que le hayan sorprendido a lo largo del día, como sorprenderían a cualquiera al que acabaran de dotar de conciencia. 

 

PD para escépticos: los niños, que son los reyes del mindfulness, se pasan el día jugando. ¿Por qué no probarlo? Nadie tiene porqué saber que llevas un huevo o una oliva en el bolso que les está mirando.

 

Y ahora sí: los textos relacionados con esas ráfagas de presencia, conciencia y momento presente. Datan de 2011, 2007 y 2006, es decir 1, 5 y 6 A.M. (por seguir con el paralelismo del Antes de ser Madre). He aprendido mucho después de ellos. ¿Cómo no? Todos lo hemos hecho. Pero probablemente ya me estaban indicando algo.

 

Estar sin más

Escribir o morir en el intento de vivir sin letra, sin descanso para la multifunción, ese gran mal de nuestro tiempo. Porque es difícil estar sin más. Sin desdoblarse como lo hacía el alma del gato de Tom y Jerry alguna vez, que se iba del cuerpo y lo miraba desde fuera. A nosotros se nos va la cabeza lejos, pero ni siquiera se digna a constatar nuestra presencia. La cabeza no está, y nosotros, ¿quién sabe? Es difícil estar sin más y todo entero. En cambio, cuando escribes está todo, tiene que estarlo, la cabeza, los ojos y las manos por lo menos, y, si me apuras, toda la víscera, así que sólo quedarían por ahí sueltas las piernas, a no ser que apoyes el ordenador en ellas. Si lo haces, quedas recogido como un ovillo, como el feto que un día fuiste, estando sin más, dentro de una barriga.

 

Berberechos sin vinagre

El tiempo se queda corto para ser uno mismo. Desplegarse frente al mundo en su versión de berberecho -igual del revés que del derecho- a menudo se reduce al encuentro con amigos, amores, familias u onanismos (también mentales). Y uno se pregunta: ¿a dónde vamos a parar mientras tanto? ¿Si durante demasiadas horas no nos desplegamos seguiremos teniéndonos a mano? Con esta inquietud, últimamente me miro más a menudo las manos. Al principio sólo veo carne, otras veces las manos de mi abuela, pero, al final, mi misma ausencia me recuerda que esos ojos son los míos.

 

Alguna vez

¿Alguna vez has probado a dormirte con la respiración de tu hermana?

¿Y a dejarte caer hacia atrás en el agua después de hacer el pino?

¿Y a flotar? Seguro que has probado a flotar.

¿Alguna vez has pensado en dejar de oírte,

en oír sólo el sonido del tren,

o de las olas,

o el hilo musical?

¿Alguna vez has conseguido

hacer el silencio

y descubrir entonces

que tu único rastro

es una respiración?

¿Alguna vez has probado a dormirte?

Sobre verse capaz

  • Si lo prefieres puedes escuchar este artículo aquí.

Este tema vino a mi mente como artículo para la web haciendo un puré de calabaza. Tenía un bloqueo con el puré de calabaza. Me encanta la calabaza y el puré de calabaza, su sabor y que sea tan fácil hacerlo porque, en mi versión de “cocina esencial”, basta con la calabaza hervida para que sepa riquísimo, a calabaza sin más. A los detractores de la “cocina esencial” les digo que la calabaza no necesita nada más, es perfecta en su autenticidad.

 

¿Pero a qué venía entonces lo de verse capaz? Pues a que durante mucho tiempo no me veía capaz de pelar una calabaza -y no debo ser la única porque la venden cortada en bandejas-. Pelar la calabaza era esa traba insalvable para poder extraer el néctar de su interior.

 

Siempre esperaba a que llegara alguien que supiera pelar calabazas para poder comérmela. Hasta que un día ese alguien me dijo que no era tan complicado, que podía hacerlo. De hecho, me dio dos indicaciones y pude hacerlo inmediatamente. Y desde entonces pelo calabazas siempre que quiero regodearme en ese olor con el grado justo de dulzor.

 

Y cada vez que pelo una calabaza y puedo olerla y pensar en por qué no harán perfume de calabaza, me doy cuenta de lo poco que me había impedido poder hacerlo durante tanto tiempo. Aquella piel no era ningún abismo insalvable y, sin embargo, lo era en mi cabeza porque en el pasado lo había intentado con un mal instrumento.

 

La piel de la calabaza es como esa creencia que nos sabotea cuando queremos hacer algo pero está de fondo tendiéndonos una especie de red imaginaria que nos frena. Seguro que lo habéis sentido alguna vez. Los que creen que son impuntuales se dicen a sí mismos que van a llegar pronto pero en el último segundo su creencia busca algo que se lo impida. Los que creen que son personas de dejar todo para el final o que trabajan mejor bajo presión, tienden a procrastinar para darse la razón. Los que creen que no son capaces de hacer algo, que no están preparados, no lo hacen, e incluso cuando se proponen hacerlo, algo les empuja hacia atrás, como un aspirador de aspiraciones que les quisiera atrapar también a ellos.

 

Sin embargo, a favor de las creencias hay que decir que no son indelebles, que se pueden cambiar cuando se detectan y se ponen los medios para ello. Para muestra, una calabaza. Que nos recuerda que lo mejor está dentro, que una vez que te sientes capaz, que te crees capaz, que eres capaz, accedes a un brillo que el exterior no mostraba.

 

Ejercicio para trabajar creencias que te frenan

Dicho esto, hay un ejercicio sorprendentemente revelador para detectar creencias que te están bloqueando cuando quieres conseguir un objetivo. Un ejercicio que complementa al de intentar estar presente: observar tus pensamientos y lo que te dices, tus reacciones físicas, las sensaciones, o las emociones que se te despiertan en determinadas circunstancias (de esto escribiré también otro día).

 

Este ejercicio para detectar creencias limitadoras lo encontraréis íntegro en el libro Coaching con PNL, de Joseph O’Connor y Andrea Lages, pero os comparto la esencia. En primer lugar piensas en un objetivo, algo que quieras conseguir, intentando formularlo de la forma más concreta posible. Para ello la pauta de los objetivos SMART te ayudará.

 

Un objetivo SMART es específico, medible, realizable y limitado en el tiempo. El ejemplo típico de objetivo inespecífico (y recurrente) es el de “quiero adelgazar”. Si le pasas el filtro SMART, podría ser: quiero adelgazar un kilo en un mes. Si pusieras 20 kg.en un mes no cumpliría el requisito de ser alcanzable o realizable, por ejemplo. Y si no dijeras cuánto o en cuánto tiempo, tampoco.

 

Una vez que tienes el objetivo definido, rellenas cada una de las frases a continuación con tu objetivo y puntúas del 1 al 10 cuánto la crees. 1= no me lo creo nada 10= Estoy convencido. Allá van, coge papel y lápiz y conecta con tu yo más sincero:

 

1. Me merezco alcanzar mi objetivo de… (adelgazar un kilo en un mes)

¿Cuánto lo crees del 1 al 10?

2. Tengo habilidades y la capacidad necesaria para alcanzar el objetivo de…

¿Cuánto lo crees?

3. Es posible alcanzar mi objetivo de…

Lo creo un…

4. Tengo claro mi objetivo de…

Esto un…

5. Mi objetivo de… es deseable

Me apetece, lo quiero, es positivo un…

6. Mi objetivo de… es ecológico (no sólo compatible con el medio ambiente sino con tu medio ambiente, con tu entorno más cercano)

Creo que un…

7. Mi objetivo de… merece la pena

Merece la pena un…

 

¿Has llegado hasta aquí parándote en cada una y respondiendo no sólo de cabeza sino también de intestino? Si no, siempre puedes repasarlo ahora. Una vez lo hayas hecho, revisa qué creencias tienen una puntuación inferior a 7. Ahí puede haber una creencia limitadora.

 

Si esto mismo lo haces con la ayuda de un coach, puede acompañarte a indagar más, verificar si tu lenguaje corporal o tu tono de voz, etc. parecen coherentes con la nota y ayudarte a buscar en ti respuestas para saber qué es lo que te hace creer o no creer en ello. Pero incluso haciendo este ejercicio tú solo, puedes obtener pistas de por dónde van los bloqueos.

 

Para conseguir un objetivo es importante que creas tres cosas: 1, que es posible; 2, que lo mereces y 3, que eres capaz de alcanzarlo.

 

Pero, una vez detectadas, ¿cómo convertir esas creencias limitadoras en creencias nuevas? Hay múltiples ejercicios y propuestas para hacerlo (algunas de escritura muy interesantes), pero coinciden en la afirmación de que para cambiar una creencia, en lugar de decir no me la creo, lo que necesitas es buscar una creencia en la que sí puedas creer y que la sustituya.

 

Puedes buscar en tu experiencia pasada, situaciones en las que sí has sido capaz, por ejemplo, ante una calabaza -es una anécdota, una metáfora, pero puedes buscar ejemplos mucho más potentes como un parto o todo lo que viene después, sin ir más lejos-. Situaciones o experiencias que desmientan esa creencia, o incluso modelos externos, gente que sí lo ha conseguido. Y revisar qué te hace creer que no la mereces y qué te dirías al respecto si fueras tu propia hija o tu mejor amigo.

 

Se trata de que la afirmación que busques para sustituir a la creencia limitadora, sea una que puedas creerte, te dé alas y te libere, una creencia que apague el aspirador de aspiraciones de una vez. Que te permita creerte una persona capaz y merecedora y hacer así posible eso que quieres para tu vida. Ya sea un puré de calabaza, un libro o una visita a la naturaleza a la semana.

Os dejo la nota del libro por si os apetece seguir indagando: Coaching con PNL, Joseph O’Connor y Andrea Lages. De la editorial Urano.

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