¿Cómo estar más presente? Una propuesta de escritura o fotografía para pararnos a mirar

Mirar es uno de esos lujos a los que la fotografía nos invita. No sólo a mirar sino a habitar la mirada, habitar el espacio, ser conscientes de dónde estamos, es más: ser conscientes de que estamos. Estamos aquí, pero a veces la cabeza está tan arriba que no nos vemos los pies.

Vivir encendidos para mí tiene más de eso que de castañuela. Saberse despiertos, saberse aquí, mirar, apreciar, saborear. Y de ese modo, darnos cuenta también de cuándo nos aprietan los zapatos, para poder aflojarlos o cambiarlos o, directamente, descalzarnos. O lo que es lo mismo: introducir en nuestra vida lo que necesitemos para no tener la necesidad de huir, de evadirnos de forma sistemática para no ver.

Hoy la invitación pasa por ahí, por mirar alrededor, el espacio que habitas, literal y metafóricamente. Hay una propuesta de escritura para ello: hacer un recorrido por los espacios de tu mundo. Puedes escribir y también puedes recurrir a la fotografía. 

A mí me ha llevado a volver a ella un curso con el que jugar, reavivar la creatividad y la mirada. Ésta, de nubes y claros, en las que habitan nuestras cabezas junto con las golondrinas y las copas de los árboles, viene bien aquí, para recordarnos aterrizar de vez en cuando.

 

Si te apetece descubrir otras vías para volver a verte los pies y adónde te llevan, para saber qué quieres, por dónde empezar, cómo encontrar una sandalia a la medida de quién eres, te acompaño.

 

Para resolver cualquier duda puedes escribirme aquí o solicitar una sesión de orientación gratuita, aquí.

¿Cómo encontrar respuestas? La escritura te ayuda y el coaching te acompaña

“Vivir desde la calma, en lugar del atropello. Vivir desde las vistas a una playa larga. Sentir el viento suave en la cara, al parar. Y percibir el vuelo cercano y raso de un pájaro y las voces detrás de alguien lamentándose de sus objetivos laborales incumplidos. Una moto ahora. 

¿Qué me falta? ¿Por qué tan a menudo esa sensación de que hay algo más que conseguir? Más allá de esa búsqueda constante, a veces está bien pensar que ya has llegado, que no hay otro lugar a dónde ir, que puedes estar aquí, habitar el presente desde una mirada nueva. Disfrutar con perspectiva de cada intento, de cada prueba, de cada sobresalto, de cada manta a tiempo, desde un lugar de observadora. Desde un yo sabio o futuro y compasivo, que mira como se mira al que está aprendiendo, dándole margen para el error”. 

Este texto salió de forma automática al sentarme a escribir hace unos días, no estaba en una playa larga, sólo en una terraza, sólo 30 minutos de conexión con un papel que me dijera lo que necesitaba oír. Así de generosa es la escritura y así de sabia la voz que a veces silenciamos con tanto ruido. 

Si te apetece probar qué te dice a ti también, ahora es un buen momento. A finales de abril empezamos con el taller de escritura para vivir encendidos, un espacio para hacer justo eso: parar un momento, sentarte, escribir a partir de una propuesta que desate tus ganas de responder, de responderte. Para conocerte mejor, para saber qué necesitas, para entender desde dónde estás mirando y mirándote, para que escojas lo que que quieres en tu vida y lo que quieres cambiar porque estás en una nueva versión, actualizada de ti misma

Porque te apetece vivir de otra manera, más serena, más consciente, más escogida. Eso no requiere necesariamente liarse la manta a la cabeza, poner todo patas arriba, salir huyendo, requiere darse el permiso para escucharse y empezar a actuar en coherencia (ahí es donde entra el coaching, para empezar a movernos en la dirección que queremos).

En este enlace tienes toda la información del Taller, que empieza a finales de abril, así que no tendrás que esperar mucho.

Diálogo interior ¿Cómo mejorarlo?

– ¿Estás bien?, dice una niña de casi 3 años después de caerse.

-Se ha dicho a sí misma “¿estás bien?”, pienso a la vez que abro los ojos más de lo normal.

-(yo misma me respondo) Sí, se ha preguntado cómo se encuentra después de caerse, que es exactamente lo mismo que le pregunta su madre de forma sistemática cuando se cae. Ha interiorizado ese mecanismo, pero no sólo hacia los demás sino hacia sí misma.

-Estoy impresionada. Me encanta. ¿Lo hago yo cuando me tropiezo?

-Bueno, a veces lo haces y otras veces pasas directamente a mirar si te ha visto alguien o a decirte que no te fijas lo suficiente, que estás en la parra… A veces también te ríes o culpas al Ayuntamiento. Depende mucho del humor.

-Ya veo… Me gusta más el “¿estás bien?”

-Y a mí, pero normalmente no te das ni cuenta, empiezas a hablar y a repetir frases que te dijeron antes: “hay que estar en lo que estás”, “es que no te fijas”… y de pronto te vas haciendo pequeña.

-¿Siempre así?

-No, cuando estás más consciente, te das cuenta de lo que te estás diciendo y, entonces, después de esa frase automática decides cambiar el discurso y, la verdad, te lo agradezco.

-Lo siento si a veces te hablo un poco mal, peor que a cualquiera, de hecho.

-“¡Soy bastante tía!”, dice ahora ella, que acaba de dar un salto enorme, teniendo en cuenta su tamaño.

-¿Qué se ha dicho ahora?

-“Soy bastante tía”, en su casa suelen usar la expresión “¡Qué tía!” o “¡Qué tío!” cuando alguien se supera (a veces también puede tener una connotación negativa, si se supera, por ejemplo, tirándose un pedo excesivo).

-¿Escribirías eso si alguien fuera a leerte?

-A ver, estamos emulando un diálogo interior, no podemos censurar la palabra pedo.

-Ya… el caso es que ella se ha reconocido el logro.

-Pues sí. Esto nos dice tres cosas: 1. te repites lo que te han repetido alguna vez 2. ojalá eligieras repetir lo mejor de todo lo que te dijeron 3. cuando tienes casi 3 años, el diálogo interior es también muy exterior.

-¿Y qué vas a hacer con eso ahora?

-Compartirlo. No es nuevo, pero no sobra y es algo que trabajamos en los procesos de coaching y en los talleres: tomar conciencia de cómo te hablas, de qué te estás diciendo. De alguna manera, hacer visible el diálogo interior, como lo hace ella, para poder intervenir y cambiar el discurso, para que eso que te dices te apoye. Luis Castellanos, filósofo, habla de las palabras que habitamos y de la importancia de escogerlas.

-¿No te has fijado que cuando cambias lo que te estás diciendo cambia tu humor, tu percepción de lo que sucede, tu sensación de bienestar?

-Totalmente. A veces me noto frunciendo el ceño a la vez que hago algo o caminando (de hecho, también se puede ver a otras personas haciéndolo por la calle).

-Es el diálogo interior exteriorizándose, poniendo caras. Si el diálogo interior te hace hasta gesticular de forma inconsciente, imagínate cómo te hace sentir por dentro.

-¿Y qué hago para cambiarlo?

-Escucharlo. Pillarlo in fraganti. Darte cuenta de que puedes observarlo desde fuera, que tú no eres ese diálogo sino la que lo acoge o, en este caso, la que lo transcribe en este texto.

-Ajá…

Proponte darle al pause 3 veces al día, por ejemplo. Parar, en cualquier circunstancia y darte cuenta de qué estabas hablando por dentro, qué estabas pensando. 

-Podría hacerlo también cuando note que estoy frunciendo el ceño o después de caerme, de que se me rompa un vaso o de cualquier otro contratiempo, después de una decepción o de una alegría.

-Sí, está bien. Fíjate entonces en qué palabras vienen. ¿Entre qué palabras flotas o respiras ahí dentro? Elígelas bien olientes, frescas, compasivas, con alta salinidad para que te ayuden a mantenerte a flote o de agua dulce si prefieres poder casi bebértelas mientras nadas. 

-¿Y qué hago con las otras?

Abre la ventana para dejar ir las que ya no te sirven, no te ayudan, no te apoyan, te incomodan, te hablan de imperfección permanente, de expectativas incumplidas, te comparan o te invitan a ocultarte. 

-¿Y si no se me ocurre nada fresco que decirme? 

-Ante la duda, siempre puedes recurrir a estas cuatro: “Todo está bien contigo”. No pasa nada por repetirlas, pero sobre todo, intenta sentirlas cuando te las digas, para creértelas cada vez más.

-Vale y para cuando me venga arriba: “¡Qué tía soy!”.

-Hecho.

-Sabes que no será de la noche a la mañana, ¿no?

-Sí, ya lo sé. No pasa nada. Todo es un avance.

-¿Estás bien?

-Sí, gracias por preguntar. 

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PD: Si hay algo que quieras cambiar o sobre lo que te gustaría ver más claro, puedes pedir una sesión de orientación gratuita en la que nos conocemos y analizamos cuál podría ser tu siguiente paso.

Para resolver cualquier duda puedes escribir aquí

Tomar decisiones o Llámame Inercia

Hay decisiones grandes y decisiones pequeñas, pero ninguna tan suave como Inercia. Subirse a ella es como subirse a una de esas pasarelas automáticas del aeropuerto que te permiten avanzar más rápido de una a otra puerta de embarque. ¿Te acuerdas de cómo era caminar en esas pasarelas blanditas, en las que los pasos rebotaban sobre la goma si pisabas muy rápido? Pues así es Inercia. Y además tiene el mismo efecto sobre el tiempo, de pronto estás aquí y cuando vuelves a levantar la vista ya estás en la otra punta. Atrás quedaron las bifurcaciones ante las que teníamos la opción de decidir. 

Ante las decisiones pequeñas, Inercia tiene muy a menudo la batalla ganada. Son tan pequeñas… aunque tan frecuentes también. Un ejemplo rápido: ¿hacia dónde dirijo mi atención? ¿móvil o libro? ¿volver a domar el desorden que me rodea o relajarme un momento con la niña que se me ha pegado a la pierna? ¿cuántas veces decido realmente y cuántas me deslizo sobre Inercia?

Muchas veces no hay ni tiempo de saberlo, algo llega y me arrastra de la mano, se lleva mi atención sin preguntar: un mensaje o un circulito rojo en un icono del teléfono, bastan para que, por ejemplo, la pequeña decisión de mirar la hora en el móvil quede sumergida de una forma imperceptible. Yo había sacado el teléfono del bolso para eso, para saber la hora, pero mi atención ha sido arrollada, he vuelto a guardar el teléfono, no sé la hora y tampoco me acuerdo de que quería saberla. Inercia sonríe.

Ahora las grandes decisiones: ¿a qué quieres dedicar tu vida laboral? ¿te gustaría ser madre/padre? ¿quieres vivir en otro lugar? ¿hay algo que te gustaría hacer sí o sí?

Con las grandes decisiones, cuando te descuidas, puede ser que cuando vuelvas a querer saber la hora, se te haya pasado media vida, es como si la pasarela automática -también llamada Inercia- cogiera carrerilla. Vas tan rápida allí subida que hasta el paisaje es borroso a los lados y así ¿quién puede ni siquiera ver la opción de decidir?

 

¿Cómo superar a Inercia? Algunas instrucciones

Tampoco siempre, tampoco para todo, pero sí en algunas áreas de nuestra vida, en aquello que nos incomode. Y, sobre todo, para las grandes decisiones. 

 

1. Mirarte los pies y comprobar si es ella quien te lleva

Revisa lo que estás haciendo. ¿Estás ahí sin saber muy bien cómo has llegado o cómo puede ser que lleves tanto tiempo allí? ¿Es lo que harías si te pudieras parar a escoger? Puede que no puedas escoger inmediatamente, pero, si pudieras, ¿qué escogerías?

 

2. Practica a saltar barandillas bajas

Esto es: prueba a tomar consciencia de las pequeñas decisiones que tomas cada día. ¿Son tuyas? Aun si lo son, puedes volver a planteártelas, sin dejarte llevar por lo que se ha hecho siempre, por lo que los demás esperan, por lo que tú misma hiciste ayer o empezaste a hacer hace 10 o 20 años.

Salta la pequeña barandilla de plantearte si realmente quieres el cortado de siempre o el cuerpo te pide otra cosa. La pequeña barandilla de cenar a las 21h. o a las 19h., que es cuando tienes hambre con mayúsculas (sabemos de qué hablamos, ese agujero negro que se abre en el estómago al atardecer). La pequeña barandilla de decidir cuándo miras el móvil y qué miras. 

 

3. Confía en que sabes andar fuera de la plataforma acelerada

Tienes autoridad para tomar tus propias decisiones, de hecho, eres la única autoridad, de “autora”. Creadora de una parte de tu vida única e intransferible. Tienes posibilidades que ni siquiera puedes conocer ahora, hasta que no avances unos pasos… y no eliges todo, claro, pero sí mucho más que cuando vas sobre Inercia.

 

4. Reconecta con tu agilidad interior y salta finalmente la barandilla

O lo que es lo mismo, párate, baja un momento el ritmo, deja que el paisaje se vuelva más nítido. Baja el volumen del ruido exterior, escúchate. Escúchate con todo, con todo el cuerpo (incluida la cabeza). Escúchate con todos los cerebros que tengas a tu alcance (no externalizados sino dentro).

 

5. Ya con los pies en tierra firme, recurre a todo lo que tengas a tu alcance para avanzar en la dirección (esta vez) elegida

Si necesitas ayuda con la parte de escucharte, de saber qué quieres, recurre a la escritura, a la literatura, al mar, a la cocina, al coaching, a la meditación, a lo que a ti te sirva y hazlo.

 

6. Disfrútalo

Hay cosas que cuando se saben, se sabe que se saben, porque están alineadas con lo que somos y lo que queremos, y ésa sensación es maravillosa para seguir andando.

 

PD: No tengo nada contra Inercia, si no no la compararía con esas pasarelas que tanto se agradecen cuando vas con prisas. Esto es sólo una invitación a bajarse por momentos, sobre todo si notamos incomodidad, inquietud o que necesitamos, definitivamente, poner un pie en el suelo para volver a conectar con la raíz, con la esencia. Si quieres profundizar más, conectar con lo que quieres y ralentizar el paisaje acompañada, no dejes de mirar esto

PD2: Si quieres empezar a actuar para cambiar algo en tu vida, también puedes pedir una sesión de valoración gratuitaaquí, de la que saldrás con opciones para empezar a andar.

¿Qué hay de ti en lo que ves?

Hay gestos tan familiares que pasan a ser transparentes. Sólo cambios abruptos en la mecánica les permiten volver a tomar cuerpo, hacerse visibles. Tocarse la cara es, en mi caso, uno de ellos. Te acaricias, aflojas la presión de las mejillas y sigues con lo que estabas sin darte cuenta. 

Un día de hace cinco años, sin embargo, me di cuenta, me estaba tocando la cara y las yemas me devolvieron de pronto la imagen de un cutis rejuvenecido, una piel especialmente suave para la que no encontraba explicación alguna. Tocaba y me recreaba en el tacto mientras trataba de descubrir entre mis acciones más recientes la causante de un cambio tan evidente en la textura, como si de una piel nueva se tratara.  

En ese proceso recordé que la única crema que había utilizado últimamente, hacía apenas unos minutos, era una crema de manos: la información que recibía, ahora reblandecida y tierna, no se debía al rostro que tocaba sino a mis dedos. ¿Dónde residía la verdad, entonces? ¿Cuánta de la información acumulada hasta entonces a través del tacto era errónea? ¿Hasta qué punto puede deformar la realidad una huella dactilar deshidratada?

Quien habla de una huella habla del filtro con el que nos relacionamos con el mundo. Es una invitación muy liberadora observar cuáles son los nuestros para entender cuándo tenemos realmente la cara áspera o cuándo lo áspero son las yemas de los dedos

¿Cómo hacerlo?

Una aproximación radical es la que nos propone considerar todo lo que sucede como algo neutro, que simplemente es. Y, a partir de ahí, ver el resto como interpretación, la nuestra.

Especialmente interesante es ver patrones de interpretación que se repiten en nosotros, ir tomando poco a poco conciencia, por un lado, a través de la auto observación y por otro, contrastando nuestra interpretación con la de otros, por ejemplo ante una escena, una persona nueva o un libro. ¿Tú qué has visto? A veces la diferencia es tan radical que la respuesta sólo puede estar en la yema de nuestros dedos.

El texto lo publiqué hace cinco años en escribirastodoslosdias.com, cuando me sucedió. Los filtros aprendí a empezar a vérmelos tiempo después. Pero lo de la crema de manos me ha pasado muchas veces más desde entonces. Y con los filtros pasa algo parecido.
 

Te dejo una propuesta de escritura por si apetece seguir indagando:

Selecciona un área de tu vida, por ejemplo, el trabajo, la pareja/s, amistades o familia y revisa tu historia a la vez que la narras, ¿puedes detectar algún patrón que se haya repetido en el tiempo? ¿Puedes percibir una forma de ver las cosas que tiene mucho de ti y que si lo viviera o narrara otra persona o un narrador omnisciente, neutro, que no emite juicio sobre lo sucedido, sería bien diferente?

 

¿Para qué sirve esto?

Hay muchas formas de aprender a autoobservarnos y conocer mejor cómo nos explicamos el mundo, por qué y cómo nos condiciona.

¿Podría sustituir algún patrón que me esté haciendo daño, frenando, estresando o paralizando?

  • ¿Podría ayudarme a entender mejor las posiciones ajenas, a reducir la frustración, los malentendidos, a vivir con más paz?

  • ¿Podría ayudarme a verme de forma más amable, a sentirme mejor, a empoderarme y darme la confianza necesaria para llevar adelante lo que realmente quiero? 


Me encanta cuando, en los procesos de descubrimiento, desmontamos alguno de estos patrones, cuando salen a la luz y, de alguna forma, nos liberamos
. A través de la escritura, el coaching, el mindfulness o herramientas como el eneagrama -muy muy útil para esto cuando se trabaja bien con él-. Todas ellas nos ayudan a ir viendo cada vez una parte más amplia de nuestro propio puzzle y a vivir escogiendo más y reaccionando menos. 

 

PD: si hay algo sobre lo que te apetezca arrojar luz y empezar a hacer algo para cambiarlo, he abierto 20 sesiones de orientación gratuita para ayudarte a ver más claro de qué se trata y cuál podría ser tu siguiente paso. Puedes solicitarla en este enlace.

¿Dónde encontrar respuestas? El triángulo emoción, sensación y pensamiento

Hace unos días, M. (8 años) estaba escribiendo su carta a los reyes magos. Llevaba varias líneas y sólo aparecían Beyblades (una especie de peonza híper evolucionada con mil modelos distintos). Por aquello de introducir algo de variedad, le sugerí que cerrara los ojos y pensara por un momento: “si pudieras pedir lo que quisieras, ¿qué sería?” Después de unos segundos me dijo: “¡pues tener las respuestas a todas las preguntas!” ¿Qué más se podía pedir?

 

Es de esas frases que necesitas anotar mentalmente y darles salida en algún sitio porque detonan miles de pensamientos asociados (y aquí un espacio para que cada uno/a se vaya por sus ramas ______________________ -> esto mismo ya puede ser una propuesta de escritura, vete por las ramas a partir de esta primera frase, pero, si sigues, hay más).

 

Ahora escojo uno de esos pensamientos y lo desarrollo: realmente hay momentos de oscuridad o más bien niebla profunda en la que cuesta mucho ver claro y hay preguntas a las que parece imposible encontrarles una respuesta. Digamos que hay algunas que ya son así por naturaleza, pero hay otras que no. Por ejemplo: ¿qué es lo que me está angustiando en este momento? ¿Qué me aporta esta relación? ¿Hacia dónde podría tirar para hacer algo que me llene? ¿Realmente esta idea me lleva a alguna parte, qué sentido tiene este proyecto en el que me empeño?

 

Por momentos cuesta ver la respuesta, pero es accesible y hay mecanismos para disolver la niebla (o el vaho de las gafas) y ver más claro. Uno de ellos es aprender a observar con más detenimiento qué está pasando por dentro. Y aquí aparece el triángulo más redondo que conozco, con tres vértices: emoción – sensación – pensamiento, que se retroalimentan. 

¿Qué es esto en la práctica?

La escena es la siguiente: vas por la calle, te cruzas con alguien y unos pasos más allá sientes malestar de estómago. ¿Qué relación hay entre estos dos hechos? Tenemos el vértice sensación resuelto, sientes un dolor en el abdomen, ahora toca ir a los otros dos vértices: ¿qué pensamientos ha generado en mí ese cruce? Empiezas a rebuscar entre la montaña de pensamientos que se han generado desde que os habéis cruzado, vas hacia atrás, tomas consciencia: sí, es eso, te ha recordado a alguien a quien admiras y, a continuación, te has dicho: nunca seré como esa persona. Tercer vértice: ¿Qué emociones me ha provocado? ¿Desazón? ¿Lástima? 

 

¿Qué relación hay entre las tres puntas del triángulo? ¿Qué información te dan? Y, una vez que la tienes, ¿qué puedes hacer con esa información? 

 

En este caso, ¿podrías escoger algún pensamiento alternativo? ¿Podrías decirte algo así como: no hace falta que seas como esa persona para sentirte bien o, a lo mejor, no eres tan diferente y por eso eres capaz de ver en ella todo lo bueno que tiene? O plantearte una nueva pregunta: ¿qué es lo que admiras y qué sí que podrías hacer para acercarte a eso que te gustaría incorporar a tu vida? -y ahí tienes información muy útil si quieres cambiar algo, personal o profesionalmente-. O bien, si no tienes ganas de darle muchas vueltas: “en realidad no se parecía tanto…, cambia de tema”. Lo que está claro es que el pensamiento que escojas tendrá un efecto en la emoción y en la sensación. 

 

Pero el triángulo puede abordarse desde cualquier punta, a veces sí que eres muy consciente de lo que estás pensando, de hecho, te estás regodeando en una idea en la que te envuelves como una manta. Vale, páralo por un momento. ¿Qué estás sintiendo? Y ¿qué sensaciones físicas acompañan a todo esto? 

 

También puedes empezar por la emoción: de pronto me siento alegre o triste o siento rabia y todavía no soy consciente de qué lo ha provocado. Voy al cuerpo para dejarme sentir la emoción, habitarla para dejarla pasar, pero también voy al pensamiento: ¿principales sospechosos de ser el detonante de esto? Y ahí empiezas a indagar nuevamente y a conocer cada vez mejor las líneas invisibles que los unen y la información que te dan como incógnitas resueltas de una ecuación. 

 

¿Cómo lo hago? Una propuesta

En ese escucharse y rebuscar para tiene un papel fundamental, por un lado, aprender a bajar al cuerpo para saber qué sientes y qué sensaciones te habitan y, por otro, aprender a observar los pensamientos. Puedes hacerlo con la ayuda de la meditación y también de la escritura para los que necesitamos agarrarnos a algo para ir más adentro. Es algo que puedes practicar varias veces al día y, a medida que lo vayas haciendo, te resultará cada vez más fácil obtener información y respuestas sobre qué es lo que te mueve, lo que te inquieta, sobre cuál sería el camino que más disfrutarías tomar.   

 

La propuesta para hoy es que hagas ese ejercicio conscientemente tres veces al día:

  1. puedes sentarte, tomar tres respiraciones profundas y empezar a preguntarte qué sensaciones tienes a la vez que haces un recorrido por todo tu cuerpo.
  2. A continuación, te paras a observar qué estás pensando, sin juzgar, simplemente te sientas a mirar la película o, más bien el videoclip (porque es muy rápido el salto entre pensamientos, a lo mejor no llega ni a videoclip, es el feed de twitter…) que se va sucediendo en tu mente.
  3. Y, de ahí, pasas a la emoción, ¿qué dirías que estás sintiendo? Vuelves a respirar profundamente tres veces y regresas al mundo exterior, pero normalmente como una persona renovada. 

 

¿Cuándo hacerlo?

Puedes establecer un momento fijo al día para hacerlo pero te recomiendo usarlo también si, por ejemplo, de pronto te abruma un pensamiento o algo te enfada mucho. Este ejercicio te ayuda a volver a ese presente donde habita la calma y a regresar a todo con una distancia sanadora. A medida que practicas la autoobservación te resulta más fácil conectar con lo que quieres y con las respuestas que buscas

 

Si no te ves sentándote a hacer esto con los ojos cerrados, hazlo con papel y lápiz. El único objetivo es recorrer los tres vértices y verbalizar qué está sucediendo en cada punta: pensamiento, sensación, emoción. Como si fueras el encargado de dejar constancia de lo que te habitó por un momento. Cuéntame en los comentarios si te animas a hacerlo o si tienes otras técnicas para encontrar respuestas. Se las contaré a M. 😉

Y, si esto no funciona, siempre se puede añadir a la carta que, por favor, te traigan visión de gato. 

¿De dónde proviene mi insatisfacción?

Es muy habitual que nuestra insatisfacción -la que no deriva de no tener las necesidades básicas cubiertas- provenga de no estar respetando lo que para nosotros es importante. Y también que el no respetarlo venga de no saber realmente lo que para nosotros es importante. Libertad, seguridad, amor, paz, excelencia, respeto… ¿En qué orden estaríamos dispuestos a renunciar a cada uno de estos valores? ¿Podemos vivir en coherencia con ese orden en nuestro día a día? 

 

La primera persona que me propuso hacer una lista de valores y prioridades fue mi padre, en uno de esos momentos de insatisfacción laboral en los que no estaba bien pero no tenía ni idea de por dónde tirar. Le tuve que pedir que me repitiera varias veces cuál era la diferencia exactamente entre unos y otros hasta asimilarlo e hice la lista, pero en ese momento creo que no acabé de sacarle todo el partido posible y volví a ella muchas veces después. 

 

Básicamente se trataba de saber qué era lo verdaderamente importante para mí, para estar bien, cómo necesitaba vivir para estar a gusto, de acuerdo a qué valores esenciales: ¿libertad, respeto, creatividad, pasión, aprendizaje …? Una vez listados, la gracia era detectar cuáles de esos valores fundamentales para mí no tenían un espacio en mi vida, incluso en contra de cuáles estaba yendo. No fue fácil, porque, como todos, me hubiera quedado con todos, pero no todos son igual de importantes para uno. Ordenarlos es otro reto. 

 

Muchos años después, conocí los estudios de Simon L. Dolan, catedrático de ESADE, que ha ahondado en esta cuestión e incluso ha desarrollado un juego para ayudarnos a detectar nuestros valores, una metodología que utilizo con adaptaciones en los procesos de coaching, tanto personales como de equipo. Estar desalineado con estos valores genera estrés y mucha insatisfacción. De hecho, cuando estás insatisfecho, ya sea profesional o personalmente, y no sabes por dónde tirar es uno de los primeros lugares a los que mirar.

 

Cuando sabes qué es importante para ti, puedes empezar a tomar acciones alineadas con eso, por ejemplo, buscar trabajos que encajen con ello o proyectos complementarios a tu trabajo “alimenticio” que te ayuden a ponerlos en práctica. La gracia es cómo saber qué es de verdad importante para ti y qué puntos de conflicto existen, ahí entra el proceso de escucharse y hacerlo de formas que te revelen más información de la que tendrías si te pusieras a hacer la lista sin más. Escritura, coaching, mindfulness… se complementan para ayudarte a conocerte mejor. 

 

Algunos ejemplos muy sencillos para bajar a tierra de qué forma podrían estar en conflicto con tus valores en el ámbito laboral: 

 

Aunque en la infancia oyeras el mensaje de que lo importante es tener un trabajo que luzca y lo consigas, si para ti es más importante la libertad que el estatus, una vez que tengas ese trabajo, si te priva de la libertad que necesitas, seguirás sintiendo que te falta algo porque eso no era para ti lo importante. 

 

Si para ti es más importante la seguridad que la libertad, preferirás trabajar o vivir en un entorno de normas claras y chocolate espeso. Pero si no lo sabes o no lo escuchas, puede que te sientas inestable o ansioso sin tener claro de dónde viene. 

 

Si para ti la armonía es más importante que la realización profesional, preferirás estar en entornos de paz y cordialidad a estar en un entorno hostil pero donde haces exactamente lo que te gusta. Y lo mismo, al revés, si tu orden es el contrario. Por eso aunque alguien te diga: ¿de qué te quejas si tu trabajo es exactamente lo que querías? Tu puedes sentirte totalmente amargado porque el ambiente laboral es todo lo contrario a armónico. 

 

¿Y las prioridades? Sí, esa lista también es importante. ¿Qué prioridades tengo en este momento? Y la parte final es clave: “en este momento”. Familia, profesión, estabilidad económica, mi expresión creativa… Está bien saberlo también para dejar de fustigarse por no poder atender a todo al mismo nivel. Siempre estamos priorizando, pero estas prioridades pueden cambiar y volver a cambiar y, si no somos conscientes de cuál es el orden ahora, la presión por llegar a todo a nivel de 10 puede ser muy asfixiante. 

 

A veces basta con ponerle una fecha a ese orden, durante un año mi prioridad será la estabilidad económica pero, una vez la consiga, volveré a priorizar dedicarle tiempo a expresarme creativamente. O bien, ahora necesito focalizarme en mi profesión, no dejo de querer a mi familia, pero sé que tendré que hacer esfuerzos extraordinarios en ese sentido, pues si es lo que quieres, una vez que lo aceptas, se reduce la culpa a la mitad. 

 

Y lo mismo si lo que te apetece ahora es priorizar estar con tu familia y la priorizas a la intensidad profesional. Importante: no estoy hablando aquí de que todo te empuje a ello porque la conciliación no exista, que es algo muy diferente, sino de elección. Si todo te empuja a ello, justamente no estás bien porque estás teniendo que renunciar a algo que para ti es importante. 

 

Una propuesta para trabajar con todo esto:

1. Prueba a hacer tu lista de valores. Una lista de 10 en la que los ordenes de más a menos importancia, es decir, si tuvieras que renunciar uno a uno a cada uno de ellos, ¿cuál sería el último en caer?

Esto ya es interesante, pero, si quieres ir más allá, invita a cada miembro de tu familia (las listas de los hijos e hijas son alucinantes) o a cada compañero de piso a hacer su lista para encontrar luego los valores en común para esa casa (es equiparable a un equipo de trabajo). Los debates que se generan en torno a qué significa cada valor para cada uno también son muy interesantes.

2. Intenta detectar si están presentes en tu día a día y cómo. Si hay alguno que falla, ¿de qué se trata? ¿Qué valores que para ti son importantes no tienen espacio en tu vida en este momento?

3. Una vez que lo detectes escribe ¿qué podrías empezar a hacer para poner en acción tus valores, para vivir más alineada/o con ellos? No hace falta que sean acciones dignas de entrar en los objetivos del milenio, como decía el Capità Enciam (un súper héroe de la ecología de nuestra infancia): “los pequeños cambios son poderosos”.

 

Una vez que pones orden a esas dos listas, la de valores y prioridades, es mucho más fácil tomar decisiones y detectar también de dónde proviene tu insatisfacción en algunas áreas de tu vida.

¿Es inaceptable la insatisfacción? No, tampoco, pero ¿a quién le amarga un dulce? Si puedes estar mejor gracias a conocerte mejor y respetar tu naturaleza, igual que respetarías la de una planta que necesita más luz o menos, o más agua o menos, en lugar de forzarla a ser quien no es, las posibilidades de marchitarte se reducen también. Y ahí vamos, a intentar vivir floridos en la medida de lo posible, sin forzar, justamente sin forzar, porque las flores no fuerzan, sólo son lo que son y ahí está la gracia. 

 

En los procesos de coaching o en los talleres, después de haber conectado con tu utopía, con tu visión de lo que para ti sería el paraíso en la tierra -algo muy placentero y recomendable-, pasamos a este trabajo con valores y es una de las partes más reveladoras, tanto en los procesos personales como en los de equipo. 

 

Si te apetece conocerte mejor y darle espacio en tu vida a lo que para ti es importante, puedo acompañarte en un proceso de coaching que te ayudará a saber qué quieres y cómo empezar a conseguirlo.  

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La vida o el calcetín a medias

 

 

La sensación de estar viviendo una vida con la que no acabas de encajar es, cuanto menos, desagradable. Algo así como caminar con un calcetín que se te ha bajado hasta debajo del talón por dentro de la bota. Te has dado cuenta, no estás cómoda, pero no te vas a parar en medio de la calle a descalzarte y estirarte el calcetín hacia arriba para que esté justo donde quieres que esté y te deje de rozar el zapato… Eso piensas, que no puedes pararte. 

Lo de que no está bien descalzarse en medio de la calle es una creencia como otra cualquiera, yo no la critico. De hecho, la compartí durante un tiempo. A lo mejor nos lo dijo un adulto cuando un día nos descalzamos en medio de la calle justo por el mismo problema. “No te descalces ahora, hace frío, el suelo está sucio, tenemos prisa, aguanta un poco hasta llegar a casa”.

 

Está bien, pero qué pasaría si de pronto dijeras: “Ya sé que no es cuestión de vida o muerte, pero ¿de verdad que no puedo ponerme bien el calcetín, que me está amargando todo el camino y que hará que acabe con una herida en esa parte del pie en la que siempre se hacen las heridas provocadas por zapatos que anteponen todo a que estemos bien?” Es más, podrías enfatizar esta pregunta pronunciado a continuación una expresión popular como: “¿qué me estás contando?”. 

 

Pues lo mismo con la vida. Cuando sientes que la vida que estás viviendo no encaja contigo, porque te falta algo pero no sabes qué es, porque hay una incoherencia con lo que de verdad te importa, con quien eres, con tus valores y prioridades. Cuando sientes que vives a medias o desconectada porque que hay algo más pero no sabes qué es, quizás te gustaría estar dedicándote a otra cosa, o sacas tiempo para hacer lo que tienes que hacer pero no lo que quieres hacer, porque eso es opcional y quién sabe si hasta un capricho egoísta… es como cuando no te das el permiso de pararte en medio de la calle a ponerte bien el calcetín. Y lo malo es que también esto acaba haciendo herida.

 

¿Cómo subirnos la vida hasta arriba para que no nos roce? Ahora es cuando viene la decepción, porque a pesar de un texto con un tono tan vehemente que ni me reconozco pero que se me ha pegado de ver a un famoso estupendo, al que seguro que no se le bajan los calcetines, hablando sobre todo el potencial que llevamos dentro: no sé la respuesta en su totalidad. 

Lo que sé es que, con el calcetín:

  • si te paras es más fácil 
  • si te sientas, también
  • si te das unos minutos, más aún
  • si empiezas a cuestionarte que realmente sea importante lo que un desconocido que pasa por ahí piense de tu pie descalzo, diez puntos más
  • si eliges que no es ni medio normal llevar el calcetín por debajo del talón y ni siquiera plantearse que lo que un día creíste puede ser desterrado y sustituido por algo nuevo, vas muy bien
  • si encuentras la motivación suficiente para todo ello, diría que casi lo tienes

 

¿Pero no estábamos hablando de la vida? Aplica lo mismo, quizás podríamos invertir el orden:

  1. encuentra una motivación que te ayude a plantearte qué quieres cambiar y porqué. ¿Cuántos motivos habría para que cambiaras algo en tu vida? ¿Qué mejoraría? ¿En qué ganarías tú y tu entorno? ¿Cómo te sentirías?
  2. cuestiónate todas esas frases que un día oíste y que te dicen que lo normal es vivir a medias, al menos hasta llegar a casa (puede que esas frases estén al mismo nivel de “es necesario esperar dos horas para bañarte tras ingerir un trozo de melón en la playa”)
  3. muy fácil decir el punto 2, pero ¿cómo se hace? Escribe todo lo que crees que justifica que te sientas viviendo a medias. Por ejemplo: ¿acaso hay otra forma de vivir? ¿tú qué te crees, que yo he sido feliz? Nadie se siente pleno si tiene que trabajar para ganarse el pan. Es más importante todo lo que necesiten los demás que lo que tú necesites, eso, definitivamente, no es importante y puede quedar relegado a ese momento en el que ya no queda tiempo. No sé, por empezar sólo con algunas. Seguro que, si te pones, te saldrán unas cuantas.
  4. vale, ¿y qué hago con esto? Primero piensa si hay alguna creencia alternativa que pudiera sustituirlas. Alguna creencia que te ayudara a vivir más a gusto, más alineada con lo que sientes que eres y quieres ser y que, además, se haya demostrado cierta en algunos casos. Busca hechos que la avalen, igual que buscarías testimonios de gente que se bañó a los 5 minutos de comerse un trozo de melón y sigue, sorprendentemente, entre nosotros. Te doy una para que la pruebes como antídoto: “mereces vivir una vida plena, alineada con quien eres, con lo que para ti es importante, disfrutando y entregando lo que más te enciende”. ¿Cómo encontrar hechos que avalen esta afirmación? ¿Sería válida para ti, por ejemplo, si se la dijeras a alguien a quien quieres de verdad, para quien quieres lo mejor, como una hija o un hijo?
  5. En este punto es cuando decides que te paras, que te paras a ponerte bien el calcetín. Entonces escuchas qué es lo que de verdad quieres de la vida, lo que de verdad te apetece sacar de dentro de ti. Lo que te encantaría compartir con el mundo. ¿Cómo sería un día en una vida vivida plenamente?
  6. Con lo que descubres, empiezas a actuar. Empiezas a cambiar cosas, pequeñas al principio, como subirte el calcetín cuando se te baja en medio de la calle. Pequeñas cosas como dedicarte un rato para tomarte un café a solas mientras escribes o fijar una cita semanal (aunque sea virtual) para reírte con quien más te hace reír, o encontrar el momento para hacer eso que te encanta y hasta se te da bien, aunque nadie te pague por ello (al menos por ahora), o hacer un curso relacionado con lo que siempre quisiste hacer, o meditar o empezar un diario de gratitud, que te ayude a ver también lo que sí encaja, lo que vale la pena valorar porque también eso supone un cambio enorme.
  7. En definitiva, darte lo que necesitas como le darías agua a una planta o sol o sombra, dependiendo del tipo. Estas acciones derivan en cambios cada vez más grandes, más relevantes, porque te van acercando a una vida donde escoges de forma más consciente lo que quieres. Puedes incluso visualizar a menudo cómo es esa vida que te imaginas plena y ver cómo, progresivamente, a base de pararte y estirar hacia arriba, te vas acercando a tu utopía.

Empiezas a caminar a gusto sobre tus pies cubiertos por ese tejido que está en su sitio, que se siente en su sitio y tú también empiezas a sentir que lo estás.

Zonas de genio

 

Tu zona de genio es una expresión que me encanta. Transmite mucha confianza: hay un lugar en el que eres un genio, tal vez en la baldosa de al lado pases a la normalidad, pero en ese espacio estás en tu salsa, todo se vuelve más fácil, el tiempo más rápido y a la vez más denso, de la densidad de un chocolate a la taza, disfrutable.

Hay lugares de genio para todos. Lugares que pueden ser muy precisos, muy únicos, combinación de los ingredientes que te configuran también a ti: los que venían de fábrica, los que se incorporaron con tu historia, los que aprendiste. Y, a parte de hacerte sentir cómodo, ese lugar sirve para entregarle a otro algo que a ti no te costó pero que a él se le hace un mundo. Y eso puede hacerte sentir muy útil y a la vez, por qué no, un poco genio, por un rato, por unas baldosas al menos.

 

¿Cómo localizar esas baldosas?

Localizar esos lugares a veces está muy claro, lo llevas sabiendo desde niño, te lo llevan diciendo toda la vida. Para otras habilidades puede que no sea tan obvio, pero suele ser cuestión de escucharse, de darse cuenta de en qué momentos el tiempo fluye y nos llenamos de energía, frente a otros en los que nos inunda una pereza titánica al abordar una tarea. Y también es cuestión de escuchar a otros, de aceptar que nos digan qué bien se nos da algo, de creerlo, de pensar en cómo les estamos siendo de ayuda.

Si estás buscando esa zona de genio, eso que puedes aportar al mundo, eso en lo que puedes llenarte de energía incorporándolo a tu vida, piensa en algo en lo que seas muy bueno, con lo que disfrutes. Algo para lo que te piden ayuda, algo que los demás agradecen que hagas por ellos sin que te cueste demasiado esfuerzo. Y luego ponte a bailar como si te hubiera entrado la fiebre del sábado noche (no en la acepción que nos viene a la mente a los que tenemos hijos, en la otra, la de la foto).

Sobre verse capaz

  • Si lo prefieres puedes escuchar este artículo aquí.

Este tema vino a mi mente como artículo para la web haciendo un puré de calabaza. Tenía un bloqueo con el puré de calabaza. Me encanta la calabaza y el puré de calabaza, su sabor y que sea tan fácil hacerlo porque, en mi versión de “cocina esencial”, basta con la calabaza hervida para que sepa riquísimo, a calabaza sin más. A los detractores de la “cocina esencial” les digo que la calabaza no necesita nada más, es perfecta en su autenticidad.

 

¿Pero a qué venía entonces lo de verse capaz? Pues a que durante mucho tiempo no me veía capaz de pelar una calabaza -y no debo ser la única porque la venden cortada en bandejas-. Pelar la calabaza era esa traba insalvable para poder extraer el néctar de su interior.

 

Siempre esperaba a que llegara alguien que supiera pelar calabazas para poder comérmela. Hasta que un día ese alguien me dijo que no era tan complicado, que podía hacerlo. De hecho, me dio dos indicaciones y pude hacerlo inmediatamente. Y desde entonces pelo calabazas siempre que quiero regodearme en ese olor con el grado justo de dulzor.

 

Y cada vez que pelo una calabaza y puedo olerla y pensar en por qué no harán perfume de calabaza, me doy cuenta de lo poco que me había impedido poder hacerlo durante tanto tiempo. Aquella piel no era ningún abismo insalvable y, sin embargo, lo era en mi cabeza porque en el pasado lo había intentado con un mal instrumento.

 

La piel de la calabaza es como esa creencia que nos sabotea cuando queremos hacer algo pero está de fondo tendiéndonos una especie de red imaginaria que nos frena. Seguro que lo habéis sentido alguna vez. Los que creen que son impuntuales se dicen a sí mismos que van a llegar pronto pero en el último segundo su creencia busca algo que se lo impida. Los que creen que son personas de dejar todo para el final o que trabajan mejor bajo presión, tienden a procrastinar para darse la razón. Los que creen que no son capaces de hacer algo, que no están preparados, no lo hacen, e incluso cuando se proponen hacerlo, algo les empuja hacia atrás, como un aspirador de aspiraciones que les quisiera atrapar también a ellos.

 

Sin embargo, a favor de las creencias hay que decir que no son indelebles, que se pueden cambiar cuando se detectan y se ponen los medios para ello. Para muestra, una calabaza. Que nos recuerda que lo mejor está dentro, que una vez que te sientes capaz, que te crees capaz, que eres capaz, accedes a un brillo que el exterior no mostraba.

 

Ejercicio para trabajar creencias que te frenan

Dicho esto, hay un ejercicio sorprendentemente revelador para detectar creencias que te están bloqueando cuando quieres conseguir un objetivo. Un ejercicio que complementa al de intentar estar presente: observar tus pensamientos y lo que te dices, tus reacciones físicas, las sensaciones, o las emociones que se te despiertan en determinadas circunstancias (de esto escribiré también otro día).

 

Este ejercicio para detectar creencias limitadoras lo encontraréis íntegro en el libro Coaching con PNL, de Joseph O’Connor y Andrea Lages, pero os comparto la esencia. En primer lugar piensas en un objetivo, algo que quieras conseguir, intentando formularlo de la forma más concreta posible. Para ello la pauta de los objetivos SMART te ayudará.

 

Un objetivo SMART es específico, medible, realizable y limitado en el tiempo. El ejemplo típico de objetivo inespecífico (y recurrente) es el de “quiero adelgazar”. Si le pasas el filtro SMART, podría ser: quiero adelgazar un kilo en un mes. Si pusieras 20 kg.en un mes no cumpliría el requisito de ser alcanzable o realizable, por ejemplo. Y si no dijeras cuánto o en cuánto tiempo, tampoco.

 

Una vez que tienes el objetivo definido, rellenas cada una de las frases a continuación con tu objetivo y puntúas del 1 al 10 cuánto la crees. 1= no me lo creo nada 10= Estoy convencido. Allá van, coge papel y lápiz y conecta con tu yo más sincero:

 

1. Me merezco alcanzar mi objetivo de… (adelgazar un kilo en un mes)

¿Cuánto lo crees del 1 al 10?

2. Tengo habilidades y la capacidad necesaria para alcanzar el objetivo de…

¿Cuánto lo crees?

3. Es posible alcanzar mi objetivo de…

Lo creo un…

4. Tengo claro mi objetivo de…

Esto un…

5. Mi objetivo de… es deseable

Me apetece, lo quiero, es positivo un…

6. Mi objetivo de… es ecológico (no sólo compatible con el medio ambiente sino con tu medio ambiente, con tu entorno más cercano)

Creo que un…

7. Mi objetivo de… merece la pena

Merece la pena un…

 

¿Has llegado hasta aquí parándote en cada una y respondiendo no sólo de cabeza sino también de intestino? Si no, siempre puedes repasarlo ahora. Una vez lo hayas hecho, revisa qué creencias tienen una puntuación inferior a 7. Ahí puede haber una creencia limitadora.

 

Si esto mismo lo haces con la ayuda de un coach, puede acompañarte a indagar más, verificar si tu lenguaje corporal o tu tono de voz, etc. parecen coherentes con la nota y ayudarte a buscar en ti respuestas para saber qué es lo que te hace creer o no creer en ello. Pero incluso haciendo este ejercicio tú solo, puedes obtener pistas de por dónde van los bloqueos.

 

Para conseguir un objetivo es importante que creas tres cosas: 1, que es posible; 2, que lo mereces y 3, que eres capaz de alcanzarlo.

 

Pero, una vez detectadas, ¿cómo convertir esas creencias limitadoras en creencias nuevas? Hay múltiples ejercicios y propuestas para hacerlo (algunas de escritura muy interesantes), pero coinciden en la afirmación de que para cambiar una creencia, en lugar de decir no me la creo, lo que necesitas es buscar una creencia en la que sí puedas creer y que la sustituya.

 

Puedes buscar en tu experiencia pasada, situaciones en las que sí has sido capaz, por ejemplo, ante una calabaza -es una anécdota, una metáfora, pero puedes buscar ejemplos mucho más potentes como un parto o todo lo que viene después, sin ir más lejos-. Situaciones o experiencias que desmientan esa creencia, o incluso modelos externos, gente que sí lo ha conseguido. Y revisar qué te hace creer que no la mereces y qué te dirías al respecto si fueras tu propia hija o tu mejor amigo.

 

Se trata de que la afirmación que busques para sustituir a la creencia limitadora, sea una que puedas creerte, te dé alas y te libere, una creencia que apague el aspirador de aspiraciones de una vez. Que te permita creerte una persona capaz y merecedora y hacer así posible eso que quieres para tu vida. Ya sea un puré de calabaza, un libro o una visita a la naturaleza a la semana.

Os dejo la nota del libro por si os apetece seguir indagando: Coaching con PNL, Joseph O’Connor y Andrea Lages. De la editorial Urano.

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