¿Dónde encontrar respuestas? El triángulo emoción, sensación y pensamiento

Hace unos días, M. (8 años) estaba escribiendo su carta a los reyes magos. Llevaba varias líneas y sólo aparecían Beyblades (una especie de peonza híper evolucionada con mil modelos distintos). Por aquello de introducir algo de variedad, le sugerí que cerrara los ojos y pensara por un momento: “si pudieras pedir lo que quisieras, ¿qué sería?” Después de unos segundos me dijo: “¡pues tener las respuestas a todas las preguntas!” ¿Qué más se podía pedir?

 

Es de esas frases que necesitas anotar mentalmente y darles salida en algún sitio porque detonan miles de pensamientos asociados (y aquí un espacio para que cada uno/a se vaya por sus ramas ______________________ -> esto mismo ya puede ser una propuesta de escritura, vete por las ramas a partir de esta primera frase, pero, si sigues, hay más).

 

Ahora escojo uno de esos pensamientos y lo desarrollo: realmente hay momentos de oscuridad o más bien niebla profunda en la que cuesta mucho ver claro y hay preguntas a las que parece imposible encontrarles una respuesta. Digamos que hay algunas que ya son así por naturaleza, pero hay otras que no. Por ejemplo: ¿qué es lo que me está angustiando en este momento? ¿Qué me aporta esta relación? ¿Hacia dónde podría tirar para hacer algo que me llene? ¿Realmente esta idea me lleva a alguna parte, qué sentido tiene este proyecto en el que me empeño?

 

Por momentos cuesta ver la respuesta, pero es accesible y hay mecanismos para disolver la niebla (o el vaho de las gafas) y ver más claro. Uno de ellos es aprender a observar con más detenimiento qué está pasando por dentro. Y aquí aparece el triángulo más redondo que conozco, con tres vértices: emoción – sensación – pensamiento, que se retroalimentan. 

¿Qué es esto en la práctica?

La escena es la siguiente: vas por la calle, te cruzas con alguien y unos pasos más allá sientes malestar de estómago. ¿Qué relación hay entre estos dos hechos? Tenemos el vértice sensación resuelto, sientes un dolor en el abdomen, ahora toca ir a los otros dos vértices: ¿qué pensamientos ha generado en mí ese cruce? Empiezas a rebuscar entre la montaña de pensamientos que se han generado desde que os habéis cruzado, vas hacia atrás, tomas consciencia: sí, es eso, te ha recordado a alguien a quien admiras y, a continuación, te has dicho: nunca seré como esa persona. Tercer vértice: ¿Qué emociones me ha provocado? ¿Desazón? ¿Lástima? 

 

¿Qué relación hay entre las tres puntas del triángulo? ¿Qué información te dan? Y, una vez que la tienes, ¿qué puedes hacer con esa información? 

 

En este caso, ¿podrías escoger algún pensamiento alternativo? ¿Podrías decirte algo así como: no hace falta que seas como esa persona para sentirte bien o, a lo mejor, no eres tan diferente y por eso eres capaz de ver en ella todo lo bueno que tiene? O plantearte una nueva pregunta: ¿qué es lo que admiras y qué sí que podrías hacer para acercarte a eso que te gustaría incorporar a tu vida? -y ahí tienes información muy útil si quieres cambiar algo, personal o profesionalmente-. O bien, si no tienes ganas de darle muchas vueltas: “en realidad no se parecía tanto…, cambia de tema”. Lo que está claro es que el pensamiento que escojas tendrá un efecto en la emoción y en la sensación. 

 

Pero el triángulo puede abordarse desde cualquier punta, a veces sí que eres muy consciente de lo que estás pensando, de hecho, te estás regodeando en una idea en la que te envuelves como una manta. Vale, páralo por un momento. ¿Qué estás sintiendo? Y ¿qué sensaciones físicas acompañan a todo esto? 

 

También puedes empezar por la emoción: de pronto me siento alegre o triste o siento rabia y todavía no soy consciente de qué lo ha provocado. Voy al cuerpo para dejarme sentir la emoción, habitarla para dejarla pasar, pero también voy al pensamiento: ¿principales sospechosos de ser el detonante de esto? Y ahí empiezas a indagar nuevamente y a conocer cada vez mejor las líneas invisibles que los unen y la información que te dan como incógnitas resueltas de una ecuación. 

 

¿Cómo lo hago? Una propuesta

En ese escucharse y rebuscar para tiene un papel fundamental, por un lado, aprender a bajar al cuerpo para saber qué sientes y qué sensaciones te habitan y, por otro, aprender a observar los pensamientos. Puedes hacerlo con la ayuda de la meditación y también de la escritura para los que necesitamos agarrarnos a algo para ir más adentro. Es algo que puedes practicar varias veces al día y, a medida que lo vayas haciendo, te resultará cada vez más fácil obtener información y respuestas sobre qué es lo que te mueve, lo que te inquieta, sobre cuál sería el camino que más disfrutarías tomar.   

 

La propuesta para hoy es que hagas ese ejercicio conscientemente tres veces al día:

  1. puedes sentarte, tomar tres respiraciones profundas y empezar a preguntarte qué sensaciones tienes a la vez que haces un recorrido por todo tu cuerpo.
  2. A continuación, te paras a observar qué estás pensando, sin juzgar, simplemente te sientas a mirar la película o, más bien el videoclip (porque es muy rápido el salto entre pensamientos, a lo mejor no llega ni a videoclip, es el feed de twitter…) que se va sucediendo en tu mente.
  3. Y, de ahí, pasas a la emoción, ¿qué dirías que estás sintiendo? Vuelves a respirar profundamente tres veces y regresas al mundo exterior, pero normalmente como una persona renovada. 

 

¿Cuándo hacerlo?

Puedes establecer un momento fijo al día para hacerlo pero te recomiendo usarlo también si, por ejemplo, de pronto te abruma un pensamiento o algo te enfada mucho. Este ejercicio te ayuda a volver a ese presente donde habita la calma y a regresar a todo con una distancia sanadora. A medida que practicas la autoobservación te resulta más fácil conectar con lo que quieres y con las respuestas que buscas

 

Si no te ves sentándote a hacer esto con los ojos cerrados, hazlo con papel y lápiz. El único objetivo es recorrer los tres vértices y verbalizar qué está sucediendo en cada punta: pensamiento, sensación, emoción. Como si fueras el encargado de dejar constancia de lo que te habitó por un momento. Cuéntame en los comentarios si te animas a hacerlo o si tienes otras técnicas para encontrar respuestas. Se las contaré a M. 😉

Y, si esto no funciona, siempre se puede añadir a la carta que, por favor, te traigan visión de gato. 

¿De dónde proviene mi insatisfacción?

Es muy habitual que nuestra insatisfacción -la que no deriva de no tener las necesidades básicas cubiertas- provenga de no estar respetando lo que para nosotros es importante. Y también que el no respetarlo venga de no saber realmente lo que para nosotros es importante. Libertad, seguridad, amor, paz, excelencia, respeto… ¿En qué orden estaríamos dispuestos a renunciar a cada uno de estos valores? ¿Podemos vivir en coherencia con ese orden en nuestro día a día? 

 

La primera persona que me propuso hacer una lista de valores y prioridades fue mi padre, en uno de esos momentos de insatisfacción laboral en los que no estaba bien pero no tenía ni idea de por dónde tirar. Le tuve que pedir que me repitiera varias veces cuál era la diferencia exactamente entre unos y otros hasta asimilarlo e hice la lista, pero en ese momento creo que no acabé de sacarle todo el partido posible y volví a ella muchas veces después. 

 

Básicamente se trataba de saber qué era lo verdaderamente importante para mí, para estar bien, cómo necesitaba vivir para estar a gusto, de acuerdo a qué valores esenciales: ¿libertad, respeto, creatividad, pasión, aprendizaje …? Una vez listados, la gracia era detectar cuáles de esos valores fundamentales para mí no tenían un espacio en mi vida, incluso en contra de cuáles estaba yendo. No fue fácil, porque, como todos, me hubiera quedado con todos, pero no todos son igual de importantes para uno. Ordenarlos es otro reto. 

 

Muchos años después, conocí los estudios de Simon L. Dolan, catedrático de ESADE, que ha ahondado en esta cuestión e incluso ha desarrollado un juego para ayudarnos a detectar nuestros valores, una metodología que utilizo con adaptaciones en los procesos de coaching, tanto personales como de equipo. Estar desalineado con estos valores genera estrés y mucha insatisfacción. De hecho, cuando estás insatisfecho, ya sea profesional o personalmente, y no sabes por dónde tirar es uno de los primeros lugares a los que mirar.

 

Cuando sabes qué es importante para ti, puedes empezar a tomar acciones alineadas con eso, por ejemplo, buscar trabajos que encajen con ello o proyectos complementarios a tu trabajo “alimenticio” que te ayuden a ponerlos en práctica. La gracia es cómo saber qué es de verdad importante para ti y qué puntos de conflicto existen, ahí entra el proceso de escucharse y hacerlo de formas que te revelen más información de la que tendrías si te pusieras a hacer la lista sin más. Escritura, coaching, mindfulness… se complementan para ayudarte a conocerte mejor. 

 

Algunos ejemplos muy sencillos para bajar a tierra de qué forma podrían estar en conflicto con tus valores en el ámbito laboral: 

 

Aunque en la infancia oyeras el mensaje de que lo importante es tener un trabajo que luzca y lo consigas, si para ti es más importante la libertad que el estatus, una vez que tengas ese trabajo, si te priva de la libertad que necesitas, seguirás sintiendo que te falta algo porque eso no era para ti lo importante. 

 

Si para ti es más importante la seguridad que la libertad, preferirás trabajar o vivir en un entorno de normas claras y chocolate espeso. Pero si no lo sabes o no lo escuchas, puede que te sientas inestable o ansioso sin tener claro de dónde viene. 

 

Si para ti la armonía es más importante que la realización profesional, preferirás estar en entornos de paz y cordialidad a estar en un entorno hostil pero donde haces exactamente lo que te gusta. Y lo mismo, al revés, si tu orden es el contrario. Por eso aunque alguien te diga: ¿de qué te quejas si tu trabajo es exactamente lo que querías? Tu puedes sentirte totalmente amargado porque el ambiente laboral es todo lo contrario a armónico. 

 

¿Y las prioridades? Sí, esa lista también es importante. ¿Qué prioridades tengo en este momento? Y la parte final es clave: “en este momento”. Familia, profesión, estabilidad económica, mi expresión creativa… Está bien saberlo también para dejar de fustigarse por no poder atender a todo al mismo nivel. Siempre estamos priorizando, pero estas prioridades pueden cambiar y volver a cambiar y, si no somos conscientes de cuál es el orden ahora, la presión por llegar a todo a nivel de 10 puede ser muy asfixiante. 

 

A veces basta con ponerle una fecha a ese orden, durante un año mi prioridad será la estabilidad económica pero, una vez la consiga, volveré a priorizar dedicarle tiempo a expresarme creativamente. O bien, ahora necesito focalizarme en mi profesión, no dejo de querer a mi familia, pero sé que tendré que hacer esfuerzos extraordinarios en ese sentido, pues si es lo que quieres, una vez que lo aceptas, se reduce la culpa a la mitad. 

 

Y lo mismo si lo que te apetece ahora es priorizar estar con tu familia y la priorizas a la intensidad profesional. Importante: no estoy hablando aquí de que todo te empuje a ello porque la conciliación no exista, que es algo muy diferente, sino de elección. Si todo te empuja a ello, justamente no estás bien porque estás teniendo que renunciar a algo que para ti es importante. 

 

Una propuesta para trabajar con todo esto:

1. Prueba a hacer tu lista de valores. Una lista de 10 en la que los ordenes de más a menos importancia, es decir, si tuvieras que renunciar uno a uno a cada uno de ellos, ¿cuál sería el último en caer?

Esto ya es interesante, pero, si quieres ir más allá, invita a cada miembro de tu familia (las listas de los hijos e hijas son alucinantes) o a cada compañero de piso a hacer su lista para encontrar luego los valores en común para esa casa (es equiparable a un equipo de trabajo). Los debates que se generan en torno a qué significa cada valor para cada uno también son muy interesantes.

2. Intenta detectar si están presentes en tu día a día y cómo. Si hay alguno que falla, ¿de qué se trata? ¿Qué valores que para ti son importantes no tienen espacio en tu vida en este momento?

3. Una vez que lo detectes escribe ¿qué podrías empezar a hacer para poner en acción tus valores, para vivir más alineada/o con ellos? No hace falta que sean acciones dignas de entrar en los objetivos del milenio, como decía el Capità Enciam (un súper héroe de la ecología de nuestra infancia): “los pequeños cambios son poderosos”.

 

Una vez que pones orden a esas dos listas, la de valores y prioridades, es mucho más fácil tomar decisiones y detectar también de dónde proviene tu insatisfacción en algunas áreas de tu vida.

¿Es inaceptable la insatisfacción? No, tampoco, pero ¿a quién le amarga un dulce? Si puedes estar mejor gracias a conocerte mejor y respetar tu naturaleza, igual que respetarías la de una planta que necesita más luz o menos, o más agua o menos, en lugar de forzarla a ser quien no es, las posibilidades de marchitarte se reducen también. Y ahí vamos, a intentar vivir floridos en la medida de lo posible, sin forzar, justamente sin forzar, porque las flores no fuerzan, sólo son lo que son y ahí está la gracia. 

 

En los procesos de coaching o en los talleres, después de haber conectado con tu utopía, con tu visión de lo que para ti sería el paraíso en la tierra -algo muy placentero y recomendable-, pasamos a este trabajo con valores y es una de las partes más reveladoras, tanto en los procesos personales como en los de equipo. 

 

Si te apetece conocerte mejor y darle espacio en tu vida a lo que para ti es importante, puedo acompañarte en un proceso de coaching que te ayudará a saber qué quieres y cómo empezar a conseguirlo.  

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La vida o el calcetín a medias

 

 

La sensación de estar viviendo una vida con la que no acabas de encajar es, cuanto menos, desagradable. Algo así como caminar con un calcetín que se te ha bajado hasta debajo del talón por dentro de la bota. Te has dado cuenta, no estás cómoda, pero no te vas a parar en medio de la calle a descalzarte y estirarte el calcetín hacia arriba para que esté justo donde quieres que esté y te deje de rozar el zapato… Eso piensas, que no puedes pararte. 

Lo de que no está bien descalzarse en medio de la calle es una creencia como otra cualquiera, yo no la critico. De hecho, la compartí durante un tiempo. A lo mejor nos lo dijo un adulto cuando un día nos descalzamos en medio de la calle justo por el mismo problema. “No te descalces ahora, hace frío, el suelo está sucio, tenemos prisa, aguanta un poco hasta llegar a casa”.

 

Está bien, pero qué pasaría si de pronto dijeras: “Ya sé que no es cuestión de vida o muerte, pero ¿de verdad que no puedo ponerme bien el calcetín, que me está amargando todo el camino y que hará que acabe con una herida en esa parte del pie en la que siempre se hacen las heridas provocadas por zapatos que anteponen todo a que estemos bien?” Es más, podrías enfatizar esta pregunta pronunciado a continuación una expresión popular como: “¿qué me estás contando?”. 

 

Pues lo mismo con la vida. Cuando sientes que la vida que estás viviendo no encaja contigo, porque te falta algo pero no sabes qué es, porque hay una incoherencia con lo que de verdad te importa, con quien eres, con tus valores y prioridades. Cuando sientes que vives a medias o desconectada porque que hay algo más pero no sabes qué es, quizás te gustaría estar dedicándote a otra cosa, o sacas tiempo para hacer lo que tienes que hacer pero no lo que quieres hacer, porque eso es opcional y quién sabe si hasta un capricho egoísta… es como cuando no te das el permiso de pararte en medio de la calle a ponerte bien el calcetín. Y lo malo es que también esto acaba haciendo herida.

 

¿Cómo subirnos la vida hasta arriba para que no nos roce? Ahora es cuando viene la decepción, porque a pesar de un texto con un tono tan vehemente que ni me reconozco pero que se me ha pegado de ver a un famoso estupendo, al que seguro que no se le bajan los calcetines, hablando sobre todo el potencial que llevamos dentro: no sé la respuesta en su totalidad. 

Lo que sé es que, con el calcetín:

  • si te paras es más fácil 
  • si te sientas, también
  • si te das unos minutos, más aún
  • si empiezas a cuestionarte que realmente sea importante lo que un desconocido que pasa por ahí piense de tu pie descalzo, diez puntos más
  • si eliges que no es ni medio normal llevar el calcetín por debajo del talón y ni siquiera plantearse que lo que un día creíste puede ser desterrado y sustituido por algo nuevo, vas muy bien
  • si encuentras la motivación suficiente para todo ello, diría que casi lo tienes

 

¿Pero no estábamos hablando de la vida? Aplica lo mismo, quizás podríamos invertir el orden:

  1. encuentra una motivación que te ayude a plantearte qué quieres cambiar y porqué. ¿Cuántos motivos habría para que cambiaras algo en tu vida? ¿Qué mejoraría? ¿En qué ganarías tú y tu entorno? ¿Cómo te sentirías?
  2. cuestiónate todas esas frases que un día oíste y que te dicen que lo normal es vivir a medias, al menos hasta llegar a casa (puede que esas frases estén al mismo nivel de “es necesario esperar dos horas para bañarte tras ingerir un trozo de melón en la playa”)
  3. muy fácil decir el punto 2, pero ¿cómo se hace? Escribe todo lo que crees que justifica que te sientas viviendo a medias. Por ejemplo: ¿acaso hay otra forma de vivir? ¿tú qué te crees, que yo he sido feliz? Nadie se siente pleno si tiene que trabajar para ganarse el pan. Es más importante todo lo que necesiten los demás que lo que tú necesites, eso, definitivamente, no es importante y puede quedar relegado a ese momento en el que ya no queda tiempo. No sé, por empezar sólo con algunas. Seguro que, si te pones, te saldrán unas cuantas.
  4. vale, ¿y qué hago con esto? Primero piensa si hay alguna creencia alternativa que pudiera sustituirlas. Alguna creencia que te ayudara a vivir más a gusto, más alineada con lo que sientes que eres y quieres ser y que, además, se haya demostrado cierta en algunos casos. Busca hechos que la avalen, igual que buscarías testimonios de gente que se bañó a los 5 minutos de comerse un trozo de melón y sigue, sorprendentemente, entre nosotros. Te doy una para que la pruebes como antídoto: “mereces vivir una vida plena, alineada con quien eres, con lo que para ti es importante, disfrutando y entregando lo que más te enciende”. ¿Cómo encontrar hechos que avalen esta afirmación? ¿Sería válida para ti, por ejemplo, si se la dijeras a alguien a quien quieres de verdad, para quien quieres lo mejor, como una hija o un hijo?
  5. En este punto es cuando decides que te paras, que te paras a ponerte bien el calcetín. Entonces escuchas qué es lo que de verdad quieres de la vida, lo que de verdad te apetece sacar de dentro de ti. Lo que te encantaría compartir con el mundo. ¿Cómo sería un día en una vida vivida plenamente?
  6. Con lo que descubres, empiezas a actuar. Empiezas a cambiar cosas, pequeñas al principio, como subirte el calcetín cuando se te baja en medio de la calle. Pequeñas cosas como dedicarte un rato para tomarte un café a solas mientras escribes o fijar una cita semanal (aunque sea virtual) para reírte con quien más te hace reír, o encontrar el momento para hacer eso que te encanta y hasta se te da bien, aunque nadie te pague por ello (al menos por ahora), o hacer un curso relacionado con lo que siempre quisiste hacer, o meditar o empezar un diario de gratitud, que te ayude a ver también lo que sí encaja, lo que vale la pena valorar porque también eso supone un cambio enorme.
  7. En definitiva, darte lo que necesitas como le darías agua a una planta o sol o sombra, dependiendo del tipo. Estas acciones derivan en cambios cada vez más grandes, más relevantes, porque te van acercando a una vida donde escoges de forma más consciente lo que quieres. Puedes incluso visualizar a menudo cómo es esa vida que te imaginas plena y ver cómo, progresivamente, a base de pararte y estirar hacia arriba, te vas acercando a tu utopía.

Empiezas a caminar a gusto sobre tus pies cubiertos por ese tejido que está en su sitio, que se siente en su sitio y tú también empiezas a sentir que lo estás.

Cosas que me fue bien saber para introducir un cambio en mi vida

Como sucede con tantas otras cosas en la vida, a menudo lo más difícil para que algo suceda es empezar. Aunque visto con distancia el primer paso probablemente sea anecdótico -no será el más difícil técnicamente, el que requiera más conocimiento o el que implique a más personas-, sí es el más decisivo. También en el caso de un cambio laboral o de un cambio en la manera de vivir, en los espacios y el tiempo que dedicas a lo que te llena, a lo que te enciende o te conecta con lo que eres y quieres ser.

 

A veces lo más difícil es definir justamente eso, qué es lo que quieres, qué es lo que echas de menos, porque sabes que hay algo que falla pero no sabes por dónde empezar, cómo acotarlo y definir una estrategia para cambiar la situación.

 

 

La sensación de ir dando tumbos

 

Esa dificultad para definir qué es lo que quieres, hace que un día te levantes pensando que vas a hacer A y mañana estés convencido/a de que es Z lo que tienes que hacer, pero sin que ninguna de las dos opciones te convenza, ni te ayude a salir del estancamiento en el que te sientes. Sin que ninguna de ellas haga ese clic que se da cuando encuentras una de esas respuestas que vienen de dentro, que están alineadas contigo.

 

 

No hay sólo una respuesta

 

No quiere decir que haya sólo una respuesta, ni que una sea la buena y el resto, caminos equivocados. Pero antes de elegir entre A y Z, tal vez está bien pararse y hacer una revisión desde la raíz. Pararte, escucharte, ver qué conecta contigo y qué es lo que te mueve, para ir en esa dirección.

 

Tal vez no sepas el nombre del pueblo con nombre extraño al que vas a llegar -nunca dejan de sorprenderme cuando viajo por carretera- pero al menos sabrás que vas en dirección al sur, o al norte, o al este, con las múltiples opciones que hay tomando ese camino, pero con la tranquilidad de que vas en un sentido que encaja contigo.

 

 

Calmar el agua

 

A veces no es obvio encontrar esa dirección, incluso cuando en el fondo lo sabes, tu yo sabio que se manifiesta en ocasiones especiales sabe lo que quieres. La respuesta o las respuestas están ahí dentro, pero tienes que llegar hasta ellas. Es algo así como un mensaje escrito bajo una capa de agua, para leerlo primero hay que limpiar el agua y después lograr que esté en calma, entonces aparecerá con nitidez (la imagen no es mía, es muy recurrente pero a mí me ayuda a visualizar este concepto de forma muy sencilla).

 

 

Mirar al destino

 

Una vez que tienes una primera orientación de qué es lo que te guía, lo que te emociona, lo que te mueve… y puedes dar como mínimo algún paso más de los que estabas dando hasta entonces, es el momento de dejar de mirar a lo que no quieres, a lo que te incomoda, a lo que estás ansioso por dejar atrás (por ejemplo un trabajo en el que no te encuentras bien o te sientes estancado) y empezar a mirar a lo que sí quieres.

 

 

Puede que no sea inmediato

 

Como introducir el cambio que quieres en tu vida no es siempre algo inmediato no es extraño que nos impacientemos, que pensemos incluso que no hay nada que hacer, que es imposible, pero si alguien te asegura que llegarás a él, tu capacidad para llegar hasta él aumenta y no sólo eso, cambia totalmente la energía con la que afrontas cada día.

 

Para lograrlo es muy motivador visualizarte habiendo conseguido el objetivo, cerrar los ojos, respirar, imaginarlo y sentirlo con todo el cuerpo, como yo si ya fuera una realidad y recurrir a esa imagen, a esas sensaciones siempre que la duda aceche, siempre que te haga preguntarte ¿y esto, para qué? ¿de verdad crees que vale la pena?

 

Quien dice la duda, dice también alguien cercano que no acaba de ver claro lo que quieres, sin ninguna mala intención sino simplemente porque no es acorde a sus valores, no es algo que él haría, pero sí es algo que tú quieres hacer.

 

Ante la duda propia y ajena, intenta visualizar una y otra vez adónde te diriges, y escucha también a las voces que te animan a hacerlo, que probablemente serán, como mínimo, tantas como las que no, pero siempre parece que suenen más bajito.

 

Más allá de la visualización y del convencimiento, hay una frase que a mí me resulta muy inspiradora, un antídoto a la procrastinación y al no actuar porque “total, queda tan lejos”. La frase es esta: “Dentro de un año, te alegrarás de haber empezado hoy”. Es poderosa para tomar perspectiva y para nutrir a la paciencia, porque aunque no sea mañana, si empiezas hoy, estarás más cerca.

 

 

Confiar

 

¿Pero quién me lo puede asegurar? ¿Quién me puede asegurar que conseguiré introducir el cambio que quiero en mi vida? ¿Que llegaré al lugar al que defina que quiero llegar? ¿Que voy a conseguir exactamente lo que me proponga? En mi opinión, nadie te lo puede asegurar. Pero sí que hay algo en tu mano, por un lado actuar en esa dirección, por otro (no sin lo primero), confiar.

 

Porque puedes afrontar el proyecto con miedo, es normal, pero el miedo no invita a moverse sino que tiende a paralizar (o a hacernos salir corriendo, en su otra versión). No está mal como indicador de aquello de lo que queremos protegernos, para conocernos mejor, para analizar los riesgos, pero, una vez escuchado, es mejor dejarlo, si no atrás, sí a un lado. Puede acompañarnos pero no ponerse en medio del camino.

 

Para sustituirlo, para convencerle de que se haga a un lado, es necesario confiar. ¿Pero confiar en qué? En lo que quieras, en que saldrá bien, en que la vida está contigo, en que si ese camino te llama es porque algo tienes para aprender en él.

 

¿Qué es lo peor que puede pasar? Esta respuesta es importante, porque no todo vale, claro. Hay que tener presente que lo peor que puede pasar, también puede pasar, y no hay que obviarlo, ni actuar de forma inconsciente. Pero normalmente la respuesta a esta pregunta es más tranquilizadora que alarmante cuando hablamos de introducir un cambio progresivo en tu vida. Si la respuesta a la pregunta es que lo peor que puede pasar es que no llegues al destino, que no lo consigas. La contrarespuesta te vendrá sola y es que tampoco llegarías si no te movieras, tampoco llegarás si no avanzas hacia allí. Y, sobre todo, puedes hacerlo paulatinamente.

 

Como mínimo aprenderás, como mínimo, si no es el camino que buscabas, tendrás uno para descartar. Por eso es importante confiar. Porque si confías, das espacio a que entren nuevos paisajes en tu vida, nuevos aprendizajes, experiencias, historias. Si confías das espacio a proyectos ilusionantes y, de eso se trata, de vivir intensamente, ilusionado, con brillo en los ojos y el miedo, como mucho, al lado.

 

 

Caminar con consciencia

 

Y una vez con todos colocados en su sitio: el miedo, la duda, la impaciencia, el estancamiento. Una vez que estás mirando hacia el destino, es momento de revisar equipaje. Llevar buen calzado, soltar lo que nos sobra, elegir cómo nos relacionamos con los compañeros de viaje, qué pensamientos nos van a acompañar, cómo nos vamos a cuidar, cómo vamos a seguir escuchándonos en la travesía para seguir decidiendo alineados con lo que queremos cuando llegue el momento. Para estar presentes, darnos cuenta de por dónde pasamos y disfrutar las vistas.

 

He pasado por todas las estaciones que describo y, de hecho, para ser sinceros, me paso de vez en cuando por ellas de nuevo. La duda, la impaciencia, el miedo… están ahí, pero también el destino y la ilusión que genera. A partir de todo lo aprendido en el camino, de todas las herramientas que fui metiendo en la mochila (coaching, mindfulness, escritura como cómplice de los descubrimientos), creé el programa 7 pasos para vivir encendidos.

 

Con el objetivo de ayudarte a parar un momento y escucharte, compartiendo contigo las herramientas para hacerlo, para decidir por dónde empezar sabiendo a dónde te gustaría llegar y hacerlo de una forma más serena y consciente, acompañado para llegar más fácilmente, incluso cuando el viaje sea hacia adentro.

 

Si sientes que te ayudaría contar con un apoyo para ganar claridad en este proceso, puedes pedir una sesión gratuita para poner en palabras lo que quieres y ver cómo te podría ayudar.

 

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Historias para encontrar respuestas

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¿Qué tienen en común Vaiana, Cómo entrenar a tu dragón (2), Kung Fu Panda o El origen de los guardianes? A parte de ser películas que ves sobre todo si tienes hijos, tienen en común a protagonistas que buscan. Son personajes que intuyen que hay algo que les llama, lo intuyen o lo tienen claro pero, por diferentes motivos, no acaban de creérselo.

 

Po, el panda protagonista de Kung Fu Panda, no se lo cree hasta que el Maestro Oogway –la tortuga gigante- le señala con el dedo, e incluso después de eso sufre un acusado síndrome del impostor (creer que no eres lo suficientemente bueno y que aunque estés bien considerado como profesional todo es una cuestión de suerte y de que no saben que en realidad no eres tan bueno –si a alguien le suena, Aida Baida, una mentora excepcional, tiene un ebook-curso sobre ello-).

 

Vaiana, por su parte, antepone la voz de lo que otros le dicen que debe ser su destino: seguir los pasos de su padre y, en ningún caso salir al mar, que es lo que le pide el cuerpo desde niña y hasta el propio mar. Vaiana se apoya en su abuela para seguir su camino y es ella quien le da la pista necesaria para sentir que no se equivocará.

 

Hipo, el niño protagonista de Cómo entrenar a tu dragón (con una banda sonora maravillosa), siente que no encaja porque es enclenque en un pueblo de vikingos y en lugar de matar dragones como todos los demás, consigue establecer una relación con ellos que les permitirá volar juntos y descubrir nuevos confines. Pero hasta que eso no sucede lo que más siente es que no sabe de dónde viene, qué explica que él sea tan diferente.

 

Y ¿qué le pasa a Jack Escarcha? ¿Cuál es su centro? ¿Qué es lo que te hace ser tú mismo? Algo así le plantea el mismísimo Papá Noel cuando le pide que forme parte de su equipo para salvar el mundo (al menos el de la infancia) en El origen de los guardianes.

 

A todos ellos les falta una historia, una historia que les ayude a entenderse y todos encuentran a algún aliado que les ayuda a descubrirla. Pero antes de eso, antes de que se haga consciente y la historia salga a la luz, la intuición ya emitía destellos desde dentro. Ya sentían que había un camino que debían explorar, algo que les atraía de forma natural. Y, en el fondo, eso nos sucede también a las personas que buscamos, porque si buscamos es porque sentimos que hay algo que encontrar y lo que nos falta es sacarlo a la luz.

 

Indagar en nuestra historia, ponerle palabras a cómo hemos llegado hasta aquí es un buen ejercicio para empezar. Intentar unir los puntos de los que hablaba Steve Jobs en su mítica charla en Stanford, a partir de lo que ya hemos vivido, aunque no sepamos cómo se unirán en el futuro.

 

Hace poco trabajamos en esto con una amiga casi de infancia para definir los mensajes de su web y de su proyecto, en realidad, y fue un proceso muy bonito y revelador. Porque, con web o sin ella, da mucha serenidad que las palabras te ayuden a construir un sentido, a orientar tus porqués, cuál es el camino que te apetece explorar y cómo puedes empezar a hacerlo venciendo los miedos -que es cauto y normal que todos tengamos-.

 

Pero ¿qué hubiera pasado si Vaiana no hubiera salido al mar? ¿O si Jack Escarcha hubiera renunciado a su puesto como guardián por no atreverse a buscar dentro? ¿O si Hipo no hubiera conocido a Desdentado y hubieran explorado el mundo juntos? ¿O si Po hubiera vuelto al restaurante de fideos con su padre en lugar de acabar en la tercera parte de la película ayudando a otros a ser ellos mismos? Pues, como mínimo, que no habría película, no habría ninguna gran historia que contar, que al final es de lo que va también la vida.

 

2 conclusiones y un ejercicio para ponerte en marcha

Como en los viejos cuentos hay dos moralejas en todo esto:

 

  1. a veces pensamos que eso que sentimos, esa inquietud, esa insatisfacción es un capricho, algo que sólo nos pasa a nosotros o algo que debemos aprender a acallar. Sin embargo, a menudo puede estar indicándonos que estamos actuando sin tener en cuenta aquello que es importante para nosotros, nuestros valores, nuestras prioridades, nuestras necesidades. Y puede ser que tus valores no encajen con lo que se espera de ti o con lo que tomaste como el camino obvio aunque ahora veas que no encaja contigo.En el caso de Vaiana -aunque sea ficción representa un caso en parte extrapolable a la vida real-, ella tenía la necesidad de explorar, la aventura, el aprendizaje, descubrir… todo eso formaba parte de lo que ella era y necesitaba tener en su vida y la opción que le invitaban a seguir no era compatible con eso que ella era. Así que, si el mar no se levanta para señalarte o no tienes una abuela que te descubra un lugar lleno de barcos, siempre puedes hacer una revisión a lo que es importante para ti y ver qué es lo que no encaja con tu vida actual, con lo que estás haciendo, además de buscar una manera de encajarlo.Eso no implica dejarlo todo de un día para otro siguiendo una intuición, sino simplemente conocerte mejor y buscar opciones para ver cómo hacer compatible progresivamente lo que eres, lo que es importante para ti, con lo que haces cada día.
  2. Sin acción no hay historia. O dicho de otra forma: si haces cosas, pasan cosas. Si haces cosas que van en la dirección de lo que quieres, pasan cosas que van en la dirección de lo que quieres. Puedes empezar por algo sencillo y los resultados te irán dando la motivación necesaria para seguir. Tampoco te rindas a la primera. Si actúas una vez y no pasa nada relevante, haz una segunda cosa y una tercera, sigue intentando si tienes claro el objetivo, porque todo ese aprendizaje es probablemente necesario. Es necesario saber qué no funciona para llegar a lo que sí funciona, pero sobre todo, para avanzar: haz. Y cuando baje la motivación, sigue haciendo para que pasen cosas. Esto es algo que me digo a mí misma cuando sucede, no lo digo desde la postura de aquel al que le parece muy fácil hacer, no sabe lo que es el bloqueo o no tiene miedo a equivocarse, en absoluto. Sino desde la comprensión total de qué es todo eso y desde haber experimentado lo liberador que es romper el cascarón por un pequeño agujero para verse capaz de hacer el agujero cada vez más grande.

 

Para ayudarte a llevar un poco de toda esta teoría a la práctica, te propongo un ejercicio de papel y lápiz:

Coge una libreta y empieza a escribir tu historia como si fueras un personaje. Explica cómo te sientes, encuentra cosas en común en tu trayecto hasta el lugar donde estás.

A partir de ahí, piensa en qué podrías hacer para que la historia progrese en la dirección que quieres, para que tu personaje viva más en coherencia con lo que siente que es o quiere ser.

Deja de lado el censor, escribe todo lo que salga, vacíate, libérate y luego relees e intentas poner en claro qué te ha revelado ese texto. ¿Has descubierto algo que te indique qué te motiva, qué te apetece, hacia dónde podrías empezar a caminar? Coge eso, lo que sea, una pequeña pista o una revelación y, por último, piensa en algo que podrías hacer al respecto. Desde buscar información de personas que estén haciendo lo que tú quieres hacer, hasta formación, hasta una lista de posibles pasos a dar o una manera sencilla de incorporarlo cada día en tu vida.

Espero que te sirva y que lo hagas tantas veces como lo necesites. Y para los momentos en los que la confianza decaiga, siempre puedes volver a una de estas películas (referentes culturales más elevados tampoco están contraindicados).

Escríbeme aquí si te apetece que te ayude a encontrar las palabras de tu historia

¿Qué te enciende?

A menudo se hace difícil creer en la propia voz, esa que nos llama con más o menos insistencia en una u otra dirección. La que nos dice que quiere cambiar algo, aunque no siempre especifique qué o por dónde empezar. La que nos hace saber cuándo estamos a gusto y sintiéndonos vivos y cuándo marchitándonos por momentos.

Se hace difícil creer en la propia voz o incluso escucharla, seguir los pasos de aquello que te mueve, tus deseos más profundos, lo que algunos llaman sueños, tu intuición o tu vocación, sin dejar que se desinflen ante la desconfianza ajena y los miedos propios, sentirse libre y capaz de vivir como te gustaría.

 

 

Sin embargo, a veces, incluso más difícil que creer en esa voz, es oírla con nitidez para saber realmente qué queremos. Por eso es tan importante aprender a escucharse y darse la licencia de hacerlo, poner orden y distancia y decir en voz alta o escribir en un papel: yo quiero hacer esto, yo quiero vivir así, yo quiero ser éste y empezar a serlo desde ese momento, empezar al menos a dar los pasos para conseguirlo.

Por eso es tan importante saber rebuscar en el silencio lo que te hace vibrar, aquello que estás llamado a hacer porque te hace sentir vivo, encendido y feliz, en tu elemento, como diría Ken Robinson.

Para ayudarte he creado un programa en el que combino las herramientas del coaching con las de la escritura y el mindfulness, que nos ayudan a profundizar en la exploración y la escucha. Con ellas puedo acompañarte para encontrar tus propias respuestas para vivir más en coherencia con lo que eres y quieres ser, o incluso para empezar a descubrirlo.

Si ya sabes que lo que buscas es reinventarte profesionalmente pero necesitas definir tu mensaje, qué ofreces, quién eres, qué te hace único, para que conecte contigo y con aquellos a los que ayudas, entonces te acompaño en un proceso de consultoría de comunicación.

Y si eso que quieres es incorporar la escritura a tu vida, para vivirla más feliz, más consciente, más intensamente, también me encantará ayudarte.

Escríbeme y explícame qué necesitas para que veamos juntos cómo te puedo ayudar, seguro que merece la pena que te dediques este tiempo y este espacio a ti misma o a ti mismo.

Estás a un clic de ponerte en marcha para cambiar algo

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