Meditación para momentos de lluvia metafórica

Esta mañana ha amanecido lloviendo, apenas unas gotas. Hacía mucho que no me mojaba y, en lugar de taparme, me ha apetecido dejar que las gotas me calaran. La lluvia es molesta, sobre todo cuando intentas no mojarte, pero cuando la aceptas, te das cuenta de que no era tan grave eso que estabas evitando, que puedes soportarlo y, en el mejor de los casos hasta disfrutarlo. Uno de mis mejores recuerdos de viaje es duchándome bajo la lluvia en una barca -un klotok- en Borneo después de huir de un orangután, desde entonces hay quien me llama la hija de la lluvia por lo que llegué a correr sin casi darle tiempo a que me mojara. 

 

Esto venía a que con el miedo sucede algo parecido, a veces es más grande el sufrimiento por anticiparnos o evitar lo que tememos que el hecho en sí, no porque el hecho sea menos doloroso sino porque tratar de evitarlo añade un sufrimiento aún mayor. El antídoto entonces es una especie de confianza en que seremos capaces de atravesar la lluvia, de mojarnos y secarnos después. Ahora mismo está lloviendo fuera, metafóricamente, es un momento de incertidumbre, de dolor, de extrañeza que se va convirtiendo en normalidad, pero no durará siempre (porque nada lo hace). Tal vez podemos bajar el paraguas y confiar en que volveremos a estar secos mientras nos dejamos sentir lo que estamos viviendo. 

Ése fue uno de los aprendizajes más importantes que aportó el mindfulness a mi vida en un momento de mucho sufrimiento por el dolor de alguien querido: dejarme sentir lo que estaba evitando y bloqueando a toda costa. ¿Se me pasó todo? No, pero pasó mejor. Hubo una meditación que me ayudó mucho para acompañar ese momento, ésta tiene que ver con transformar el dolor en compasión en el sentido amoroso del término -no condescendiente-.

Puedes escucharla aquí cuando sientas que la necesites.

¿Dónde encontrar respuestas? El triángulo emoción, sensación y pensamiento

Hace unos días, M. (8 años) estaba escribiendo su carta a los reyes magos. Llevaba varias líneas y sólo aparecían Beyblades (una especie de peonza híper evolucionada con mil modelos distintos). Por aquello de introducir algo de variedad, le sugerí que cerrara los ojos y pensara por un momento: “si pudieras pedir lo que quisieras, ¿qué sería?” Después de unos segundos me dijo: “¡pues tener las respuestas a todas las preguntas!” ¿Qué más se podía pedir?

 

Es de esas frases que necesitas anotar mentalmente y darles salida en algún sitio porque detonan miles de pensamientos asociados (y aquí un espacio para que cada uno/a se vaya por sus ramas ______________________ -> esto mismo ya puede ser una propuesta de escritura, vete por las ramas a partir de esta primera frase, pero, si sigues, hay más).

 

Ahora escojo uno de esos pensamientos y lo desarrollo: realmente hay momentos de oscuridad o más bien niebla profunda en la que cuesta mucho ver claro y hay preguntas a las que parece imposible encontrarles una respuesta. Digamos que hay algunas que ya son así por naturaleza, pero hay otras que no. Por ejemplo: ¿qué es lo que me está angustiando en este momento? ¿Qué me aporta esta relación? ¿Hacia dónde podría tirar para hacer algo que me llene? ¿Realmente esta idea me lleva a alguna parte, qué sentido tiene este proyecto en el que me empeño?

 

Por momentos cuesta ver la respuesta, pero es accesible y hay mecanismos para disolver la niebla (o el vaho de las gafas) y ver más claro. Uno de ellos es aprender a observar con más detenimiento qué está pasando por dentro. Y aquí aparece el triángulo más redondo que conozco, con tres vértices: emoción – sensación – pensamiento, que se retroalimentan. 

¿Qué es esto en la práctica?

La escena es la siguiente: vas por la calle, te cruzas con alguien y unos pasos más allá sientes malestar de estómago. ¿Qué relación hay entre estos dos hechos? Tenemos el vértice sensación resuelto, sientes un dolor en el abdomen, ahora toca ir a los otros dos vértices: ¿qué pensamientos ha generado en mí ese cruce? Empiezas a rebuscar entre la montaña de pensamientos que se han generado desde que os habéis cruzado, vas hacia atrás, tomas consciencia: sí, es eso, te ha recordado a alguien a quien admiras y, a continuación, te has dicho: nunca seré como esa persona. Tercer vértice: ¿Qué emociones me ha provocado? ¿Desazón? ¿Lástima? 

 

¿Qué relación hay entre las tres puntas del triángulo? ¿Qué información te dan? Y, una vez que la tienes, ¿qué puedes hacer con esa información? 

 

En este caso, ¿podrías escoger algún pensamiento alternativo? ¿Podrías decirte algo así como: no hace falta que seas como esa persona para sentirte bien o, a lo mejor, no eres tan diferente y por eso eres capaz de ver en ella todo lo bueno que tiene? O plantearte una nueva pregunta: ¿qué es lo que admiras y qué sí que podrías hacer para acercarte a eso que te gustaría incorporar a tu vida? -y ahí tienes información muy útil si quieres cambiar algo, personal o profesionalmente-. O bien, si no tienes ganas de darle muchas vueltas: “en realidad no se parecía tanto…, cambia de tema”. Lo que está claro es que el pensamiento que escojas tendrá un efecto en la emoción y en la sensación. 

 

Pero el triángulo puede abordarse desde cualquier punta, a veces sí que eres muy consciente de lo que estás pensando, de hecho, te estás regodeando en una idea en la que te envuelves como una manta. Vale, páralo por un momento. ¿Qué estás sintiendo? Y ¿qué sensaciones físicas acompañan a todo esto? 

 

También puedes empezar por la emoción: de pronto me siento alegre o triste o siento rabia y todavía no soy consciente de qué lo ha provocado. Voy al cuerpo para dejarme sentir la emoción, habitarla para dejarla pasar, pero también voy al pensamiento: ¿principales sospechosos de ser el detonante de esto? Y ahí empiezas a indagar nuevamente y a conocer cada vez mejor las líneas invisibles que los unen y la información que te dan como incógnitas resueltas de una ecuación. 

 

¿Cómo lo hago? Una propuesta

En ese escucharse y rebuscar para tiene un papel fundamental, por un lado, aprender a bajar al cuerpo para saber qué sientes y qué sensaciones te habitan y, por otro, aprender a observar los pensamientos. Puedes hacerlo con la ayuda de la meditación y también de la escritura para los que necesitamos agarrarnos a algo para ir más adentro. Es algo que puedes practicar varias veces al día y, a medida que lo vayas haciendo, te resultará cada vez más fácil obtener información y respuestas sobre qué es lo que te mueve, lo que te inquieta, sobre cuál sería el camino que más disfrutarías tomar.   

 

La propuesta para hoy es que hagas ese ejercicio conscientemente tres veces al día:

  1. puedes sentarte, tomar tres respiraciones profundas y empezar a preguntarte qué sensaciones tienes a la vez que haces un recorrido por todo tu cuerpo.
  2. A continuación, te paras a observar qué estás pensando, sin juzgar, simplemente te sientas a mirar la película o, más bien el videoclip (porque es muy rápido el salto entre pensamientos, a lo mejor no llega ni a videoclip, es el feed de twitter…) que se va sucediendo en tu mente.
  3. Y, de ahí, pasas a la emoción, ¿qué dirías que estás sintiendo? Vuelves a respirar profundamente tres veces y regresas al mundo exterior, pero normalmente como una persona renovada. 

 

¿Cuándo hacerlo?

Puedes establecer un momento fijo al día para hacerlo pero te recomiendo usarlo también si, por ejemplo, de pronto te abruma un pensamiento o algo te enfada mucho. Este ejercicio te ayuda a volver a ese presente donde habita la calma y a regresar a todo con una distancia sanadora. A medida que practicas la autoobservación te resulta más fácil conectar con lo que quieres y con las respuestas que buscas

 

Si no te ves sentándote a hacer esto con los ojos cerrados, hazlo con papel y lápiz. El único objetivo es recorrer los tres vértices y verbalizar qué está sucediendo en cada punta: pensamiento, sensación, emoción. Como si fueras el encargado de dejar constancia de lo que te habitó por un momento. Cuéntame en los comentarios si te animas a hacerlo o si tienes otras técnicas para encontrar respuestas. Se las contaré a M. 😉

Y, si esto no funciona, siempre se puede añadir a la carta que, por favor, te traigan visión de gato. 

Escritura y mindfulness

Hace mucho mucho tiempo, antes de ser madre (que es un poco como el A. C.) escribí un texto en el que hablaba de ese “estar sin más” que facilita la escritura. 

 

De hecho, después de haber ahondado en la teoría del estar presente, del mindfulness y la meditación, vienen a mi mente algunos otros textos en los que captaba justamente esa sensación. Algo que intuimos, que sentimos antes de que la teoría lo ratifique.

 

Es ese instante que la poesía congela, o una fotografía, o un retrato, ese instante en el que nos detenemos y regodeamos, en el que nos damos cuenta de lo que está sucediendo porque estamos en él, conviviendo con algún pensamiento que cruza pero no inundados en él hasta el punto de no recordar por qué camino hemos llegado a un lugar conocido. 

 

No recuerdo todos mis textos pero estos sí, no por el texto en sí sino por la sensación que fue su detonante. Esa sensación de darme cuenta, de constatar mi propia presencia. Los recopilo al final del artículo como una invitación a mirar por esa brecha, a la que en realidad es fácil acceder cuando le das permiso a la sencillez, a la monotarea, a mirar, escuchar, escribir, pintar o estar sin más.

 

Ejercicio de escritura para practicar la presencia

Para que puedas practicar tú también la presencia a través de la escritura, te propongo un ejercicio inspirado por la búsqueda de estos textos y el blog que aún los guardaba. Fue mi primer blog y en él escribí un diario brevísimo de una oliva negra. Y de eso va el ejercicio. Hay muchas maneras de estar presente a través de la escritura pero ésta invita a estar presente poniéndose en la piel de un observador externo y tangible. 

 

La primera vez que lo hice fue, en realidad, con un huevo. Fue en uno de los primeros talleres de escritura a los que asistía. Nos pidieron que lleváramos durante una semana un huevo encima y escribiéramos su diario. Fue muy divertido, pero debo reconocer que también un poco aparatoso, así que para repetir el ejercicio un tiempo después transformé el objeto en una oliva negra. También redondo, también con un punto de fragilidad, también nueva en esto de tener ojos. 

 

Te invito, si te apetece probar lo de mirar desde otros ojos y tener el reto de estar más presente (y a la vez reírte de lo extraño de la situación), a que cojas una oliva, un pistacho o cualquier objeto susceptible de ser digerido, con forma elíptica, que lo lleves contigo durante una semana y que cada día escribas su diario. Para ello, durante el día, recordarás su presencia, que está contigo y que es importante darse cuenta de qué está viviendo para poder narrarlo en su diario, con los detalles que le hayan sorprendido a lo largo del día, como sorprenderían a cualquiera al que acabaran de dotar de conciencia. 

 

PD para escépticos: los niños, que son los reyes del mindfulness, se pasan el día jugando. ¿Por qué no probarlo? Nadie tiene porqué saber que llevas un huevo o una oliva en el bolso que les está mirando.

 

Y ahora sí: los textos relacionados con esas ráfagas de presencia, conciencia y momento presente. Datan de 2011, 2007 y 2006, es decir 1, 5 y 6 A.M. (por seguir con el paralelismo del Antes de ser Madre). He aprendido mucho después de ellos. ¿Cómo no? Todos lo hemos hecho. Pero probablemente ya me estaban indicando algo.

 

Estar sin más

Escribir o morir en el intento de vivir sin letra, sin descanso para la multifunción, ese gran mal de nuestro tiempo. Porque es difícil estar sin más. Sin desdoblarse como lo hacía el alma del gato de Tom y Jerry alguna vez, que se iba del cuerpo y lo miraba desde fuera. A nosotros se nos va la cabeza lejos, pero ni siquiera se digna a constatar nuestra presencia. La cabeza no está, y nosotros, ¿quién sabe? Es difícil estar sin más y todo entero. En cambio, cuando escribes está todo, tiene que estarlo, la cabeza, los ojos y las manos por lo menos, y, si me apuras, toda la víscera, así que sólo quedarían por ahí sueltas las piernas, a no ser que apoyes el ordenador en ellas. Si lo haces, quedas recogido como un ovillo, como el feto que un día fuiste, estando sin más, dentro de una barriga.

 

Berberechos sin vinagre

El tiempo se queda corto para ser uno mismo. Desplegarse frente al mundo en su versión de berberecho -igual del revés que del derecho- a menudo se reduce al encuentro con amigos, amores, familias u onanismos (también mentales). Y uno se pregunta: ¿a dónde vamos a parar mientras tanto? ¿Si durante demasiadas horas no nos desplegamos seguiremos teniéndonos a mano? Con esta inquietud, últimamente me miro más a menudo las manos. Al principio sólo veo carne, otras veces las manos de mi abuela, pero, al final, mi misma ausencia me recuerda que esos ojos son los míos.

 

Alguna vez

¿Alguna vez has probado a dormirte con la respiración de tu hermana?

¿Y a dejarte caer hacia atrás en el agua después de hacer el pino?

¿Y a flotar? Seguro que has probado a flotar.

¿Alguna vez has pensado en dejar de oírte,

en oír sólo el sonido del tren,

o de las olas,

o el hilo musical?

¿Alguna vez has conseguido

hacer el silencio

y descubrir entonces

que tu único rastro

es una respiración?

¿Alguna vez has probado a dormirte?

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